*Suicidios tras la ingestión de alcohol en demasía; enfermedades hepáticas, cientos y cientos de accidentes de tránsito y percances de trabajo; miles de casos de homicidio agravado, reyertas, neumonías, accidentes domésticos, “delirium tremens”, caídas, todo por el consumo inmoderado de alcohol

STAFF LA OPINIÓN DE MÉXICO
(Tercera y última parte)

Ciudad de México.- De esta manera, entre bebidas exóticas bautizadas a satisfacción de los dueños de cantinas, y disfrutando excelencias gastronómicas, resultaría difícil hablar en esos lugares de que el alcohol cobra al año más vidas que otras drogas no permitidas aún.

Suicidios tras la ingestión de alcohol en demasía; enfermedades hepáticas; cientos y cientos de accidentes de tránsito; percances de trabajo; miles de casos de homicidio agravado, reyertas, neumonías, accidentes domésticos, “delirium tremens”, caídas, todo por el consumo inmoderado de alcohol.

El psiquiatra español González-Daro dice que el alcohólico es un drogadicto que bebe hasta la destrucción, en él hay un impulso autodestructivo permanente, sobre todo en esos estados, residuales del alcoholismo, en el que el sujeto no tiene nada que perder.

La agresión gratuita y pendenciera—que no respeta cantinas elegantes o modestas—genera alcohólicos crónicos, dependientes físicos de su bebida preferida u ocasional, “especialidades de cantina”.

En España, el alcoholismo se ceba en la clase “baja” y su agresividad doméstica es más brutal, su santo y seña suele ser “más macho el que más aguante” y su vida familiar, a menudo patética, termina en el juzgado de guardia.

El alcohólico de clase media y “alta” puede soportar mejor su adicción, su vida familiar no se resiente por su ausentismo laboral y su entorno no chirría como en el del alcohólico pobre. Su agresividad suele ser más refinada, termina divorciándose de su cónyuge y, entre sus opciones, puede caber el suicidio premeditado.

En el año 1941 en México, en el Cuarto Congreso de Rehabilitación, se dijo que nuestro país tenía 250,000 alcohólicos, que al año morían 6,500 individuos por cirrosis hepática, el 60 por ciento del ausentismo del trabajo se debía a la intoxicación con destilados de vino, del pulque y de otros licores fermentados, lo que arrojaba en conjunto, pérdidas anuales por 1,000 millones de pesos.
Hasta hace unos años muchos delitos se incubaban en las cantinas, bandas enteras de forajidos planeaban ahí sus fechorías, al calor del alcoholismo.

En otros casos, el trastorno por el alcohol, daba lugar a tragedias. Incluso a revoluciones violentas como fue la cubana, cuyos preparativos se dieron en una cantina cercana al conocido café La Habana, ubicado en las proximidades de la Secretaría de Gobernación. El Che Guevara y el entonces extra de cine mexicano, Fidel Castro Ruz, se entrevistaron en la cantina con el disfrazado ex dictador Carlos Prío Socarrás, quien aprobó la “inversión” en fusiles de mira telescópica para los guerrilleros adiestrados por luchadores mexicanos, cerca de las faldas del Popocatépetl.

En épocas anteriores las cantinas contemplaron crímenes sonados, como el de Augusto Alberto Cárdenas Pinelo, mejor conocido como “Guty” Cárdenas, autor de famosas canciones.
Fue el 5 de abril de 1932, cuando asistió a la renombrada cantina “Salón Bach”, de la Avenida Madero, primer cuadro de la ciudad de México.

Hay varias versiones sobre lo ocurrido. Unas, al clásico estilo mexicano, distorsionadas y ofensivas. Otra, la más creíble: el cantautor bebió de más y comenzó a presumir de su exitosa canción “Nunca”, (-Yo sé que nunca…besaré tu boca), hasta que una señorita, acompañante de varios españoles, protestó en voz baja. El artista la escuchó y pretendió lucirse ofendiendola.

“Guty” Cárdenas no midió las consecuencias y el español Ángel Peláez le reclamó, el cantautor sacó una pistola de salva y la accionó, el hispano se creyó agredido de muerte y con su arma acribilló al ofensor.

El yucateco falleció en pocos minutos. El español recuperó pronto su libertad al demostrar la legítima defensa.

Y años antes ocurrieron hechos históricos, en los que se mezclaron el fanatismo, el alcohol, la brutalidad, los celos y la impunidad.

El general sonorense Álvaro Obregón fue víctima de un atentado dinamitero en el bosque de Chapultepec, y sin juicio previo, fueron acusados y con rapidez fusilados los hermanos Miguel y Humberto Pro, el ingeniero Luis Segura y otra persona.

El dibujante del diario Excélsior, José de León Toral, gran amigo de Humberto Pro—hermano del sacerdote Miguel Pro—escuchó la dramática queja de Anita Pro, al ver ensangrentados y sin vida a sus hermanos, entonces José juró vengar los decesos y se preparó pacientemente para acabar con la existencia del general Álvaro Obregón.

El 17 de Julio de 1928, en el restaurante La Bombilla, el dibujante fingió ser caricaturista y pudo acercarse a Obregón, a quien le disparó en cinco ocasiones con una pistola española, calibre .32.

El diputado potosino Gonzalo N. Santos, amigo y presunto protegido de Obregón, se sintió indignado por el crimen, cometido por otro potosino, José de León Toral y se prometió “hacer algo”.

Al calor del alcohol—sustancia criminógena tolerada en casi todo el mundo por los cuantiosos impuestos que benefician a muchos gobiernos—el político asistió al proceso de Toral y su presunta cómplice, Concepción Acevedo y De la Llata, mejor conocida históricamente como “La Madre Conchita”, a quien Santos le fracturó una pierna a patadas, sin que las autoridades intentaran siquiera impedir la salvaje agresión.

Al juicio le siguió una condena de 20 años de prisión para “La Madre Conchita”, (calificada como una “mártir de México”, por el Vaticano), y pena de muerte para José de León Toral.

Pero muchos sabían que Gonzalo N. Santos no sólo era responsable del atentado contra la infortunada mujer, (quien nada tuvo que ver en el asesinato de Obregón), sino de la ejecución de su rival en amores, el joven estudiante universitario Fernando Capdevielle, el miércoles 21 de Septiembre de 1927.

Resulta que a pesar de que el político potosino se creía apuesto y varonil, Fernando Capdevielle se apoderó inesperadamente del corazón de la señora Santos…

Así lo explicó el defensor Antonio Jáuregui: “Conocí a Fernando Capdevielle en mi Notaría, donde practicó su profesión. Supe de sus relaciones con la esposa de Gonzalo N. Santos, las que comenzaron en Tehuacán y continuaron en esta ciudad. Ella se hacía llamar “Alicia” y cuando el joven supo que era esposa de Santos, intentó romper sus relaciones con la señora, quien inició el divorcio y se marchó a Estados Unidos, desde donde le enviaba cartas a Fernando y regalos que puedo traer como prueba de lo que digo”.

“Capdevielle temía desde entonces ser asesinado por Santos. Su sospecha se afirmó cuando una tarde, estando ya en Estados Unidos la señora de Santos, se intentó ponerle una trampa al estudiante. La mujer le advirtió que efectivamente Santos quería matarlo y que era capaz de hacerlo pues tenía pésima educación y de nivel ínfimo”…

Los compañeros de estudios de Capdevielle organizaron grandes manifestaciones de repudio por el asesinato de Fernando y llevaron su féretro por las principales calles de la ciudad de México.

Cobardemente, Santos afirmaba que se trataba de una maniobra política, aunque hubo testigos que lo vieron disparar contra el joven, “el miércoles me acosté a las 8 de la noche, no pude abatir a nadie, soy absolutamente inocente”, decía.

El crimen fue perpetrado a las 21.20 horas. Misteriosamente, los medios de información “silenciaron” el asunto. La familia Capdevielle publicó esquelas en cada aniversario del homicidio brutal, exigiendo justicia que nunca les llegó por la protección que las autoridades dieron al conocido político potosino.

Inesperadamente, en diciembre de 1959, Gonzalo N. Santos puso sus memorias a disposición de su hijo Gastón Santos, y tardíamente, reconoció su “verdad” en el asunto.
“Una noche se me ocurrió ir al Teatro Principal donde actuaba María Conesa y un grupo de desnudistas que entonces llamaban “Bataclán”. En el pórtico del teatro había un bar—entonces se llamaban cantinas—y tenía acceso todo el que quería sin necesidad de entrar al teatro.

“Los tandófilos teníamos por costumbre echarnos algunas copas en la barra, (nótese, amigo(a) lector(a), el alcohol como elemento criminógeno en las cantinas de la ciudad de México), antes de entrar al Teatro, parados pues no había asientos, cuando sonó el timbre que en aquellos tiempos se usaba para anunciar al público que iba a comenzar la función. Entré al Teatro acompañado de mi fiel amigo y ayudante, entonces mayor José López Iglesias, muerto general. Otro ayudante, Lolo Lavanzat, capitán retirado, chismoso, y me dijo que un individuo hablaba mal de mí, “cosas muy feas sobre mi honor”.
“El petimetre subió a un automóvil y lo echó a andar. Me subí a un carro que traía prestado del diputado Alfredo Romo, lo manejaba mi fiel y valiente ayudante, capitán Ernesto López Quintanilla. Cuando descendió el individuo frente a la casa 70 de la calle Acapulco, le grité que si era hombre se defendiera, metió mano a la cintura, pero se quedó petrificado, probablemente de miedo y le descargué las ocho balas de mi pistola y se murió.

Una pistola que llevaba el figurín era mía, lo mismo que un fistol”, resumió el potosino Gonzalo N. Santos, en sus memorias.

El alcohol había activado la violencia y fue evidente que Gonzalo N. Santos preparó cuidadosamente su versión, de tal manera que…nadie la creyó, excepto él y tal vez sus parientes.

¿Una dama asustada por la brutalidad e impunidad de que gozaban los políticos mexicanos en el poder, iba a regalarle un fistol y una pistola especial de su esposo, al amigo íntimo a quien le dijo llamarse Alicia para que no se le identificara como esposa del peligroso diputado? Claro que no.
Y al momento de ser acribillado con una escuadra reglamentaria del Ejército, Fernando Capdevielle no estaba armado y mucho menos iba a mofarse del marido engañado, a quien le temía porque ya lo había sentenciado a muerte, lo que le advirtió con dramatismo la señora Santos desde Estados Unidos, a donde se refugió precisamente para escapar de la venganza.

Bueno, el caso es que las cantinas en México siguen funcionando como verdaderos divanes de consultorios psicológicos, como casinos, a veces como “clubes de Toby” y siempre con el señuelo de las botanas, cuyas delicias hacen olvidar a los asistentes, (casi todos irresponsables y malos proveedores), que en casa probablemente hay una dama que espera su gasto y muchos niños que en ocasiones no beben leche, porque el padre está disfrutando, entre otras cosas de:
Taquitos de canasta, de chicharrón prensado, carnitas, mariscos, salsa de chipotle con mayonesa, cebolla caramelizada con lechuga, un toque de col morada, pastel de metate hecho con chocolate artesanal, montaditos de atún, patatas bravas y picosas, cáscaras de papa que son medias papas rellenas de puré con tocino, aceitunas o pavo; a veces dan en las cantinas carne por kilogramo, botella y cinco refrescos; regalo de una botella o 12 cervezas al “cumpleañero”; chalupas, barbacoa, molcajetes y piernas rellenas de huitlacoche; quesadillas, esquites, gusanos de maguey, tortas gigantes acompañadas de papas a la francesa; camarones gratinados, envueltos en tortilla de harina, con cebolla y chile; costillas de cerdo en adobo, tortas de pierna enchilada o de cochinita pibil, salsas verdes, etcétera, según la cantina de que se trate.

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