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ATERRADORAS DECLARACIONES (CUARTA Y ÚLTIMA PARTE)

  • Entre las víctimas que torturó y mató, figuró el traficante de drogas Gilbert Sosa, al que ordenó se le colgara del cuello

Redacción/ Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / Sol Campeche/ La Opinión de México

Ciudad de México. – Al verse descubiertos, Adolfo y sus cómplices dispararon a la policía desde una de las ventanas del departamento, situado en el cuarto piso y para tratar de distraer a la policía, arrojaron billetes de 20, 50 y 100 dólares, lo que atrajo a innumerables curiosos y dificultó el operativo policíaco.

Al lugar llegaron refuerzos y Adolfo, al verse copado y perdido, les recordó a sus compinches que habían hecho un pacto de suicidio mutuo, consistente en que si no lograban escapar se matarían entre sí y le da una metralleta al “Duby”, al mismo tiempo que le pide que lo mate y que después se suicide.

Alvaro titubea y es Martín Quintana quien agarra el arma y dispara contra Adolfo, a quien mata, para enseguida suicidarse.
Esa fue la versión oficial del abatimiento de Adolfo de Jesús y de uno de sus compinches, aunque para la opinión pública resultó una acción premeditada y “maquillada”, para que no fueran revelados los nombres de las personalidades que conformaba “su clientela”.

De las 15 personas que formaban el grupo, solamente sobrevivieron tres: Alvaro, Omar y Sara, mismos que nunca quisieron decir qué personajes asistían a las ceremonias satánicas al rancho Santa Elena.

En principio, Sara, de 24 años, estudiante destacada en el Texas Southmost College de Brownsville, aceptó formar parte del grupo y dijo que como “sacerdotisa” participó en todos y cada uno de los rituales y sacrificios satánicos.
Después, ya en prisión, hizo el libro intitulado “Me dicen la narcosatánica”, en el que se desdijo de sus declaraciones anteriores, además de que aseguró que las autoridades ocultaron y desaparecieron información sobre diversos nombres de funcionarios de alto rango en el gobierno y de otros personajes que también formaban parte de la secta.

En sus declaraciones ministeriales, mismas de las que se retractó ante el juez de la causa, Sara dijo que para el verdugo, es decir el que ejecutaba a la víctima, la tortura era un factor muy importante, “pues el alma de la víctima debe aprender a temer a su verdugo no sólo en esta vida, sino toda la eternidad, para hallarse siempre sujeta a él”.

En sus aterradoras declaraciones, dijo que desde que conoció a Constanzo mantuvo una doble vida comportándose como una chica normal con sus amigos y familia, y como una desalmada y fría asesina con su pareja.

Entre las víctimas que torturó y mató, figuró el traficante de drogas Gilbert Sosa, al que ordenó se le colgara del cuello, con las manos libres, para que su agonía se prolongara ya que si se agarraba de la cuerda podía sobrevivir unos minutos más.

Al ver que su víctima se rendía y dejaba caer los brazos, mandó que lo descolgaran y luego lo sumergió en un barril con agua hirviendo, al tiempo que le arrancaba los pezones con unas pinzas.

Otro crimen brutal, fue el de un joven, del que no supo su nombre pues fue otra de las víctimas escogidas al azar, al que después de haberle cortado el pene, las piernas y los dedos de las manos, le abrió el pecho de un machetazo, le sacó el corazón sin desprenderlo y lo mordisquió mientras la víctima agonizaba.

Más tarde le abriría el cráneo a machetazos para poner parte de su cerebro en la siniestra nganga.

Sara fue condenada iunicialmente a una pena de 62 años, que después, por reformas al Código Penal, le redujeron a 50; Álvaro una condena similar en el penal de Puente Grande, Jalisco, mientras que Omar murió de SIDA en prisión.

En una de las entrevistas concedidas por Sara, ya en prisión y luego de que se dijo arrepentida y pidió perdón a “quienes hice daño”, se le cuestionó sí con la muerte de Adolfo de Jesús y la captura de los demás cómplices se acababa con los “Narcosatánicos”, a lo que respondió:

“No, hay muchísima gente que profesa esa religión, gente muy poderosa e influyente, por lo que es imposible que se acabe con el satanismo”.

¿Y quién es esa gente? se le inquirió.

Sara sólo se limitó a guardar silencio y a dar por terminada la entrevista.

Ahora, a más de tres décadas de distancia, Sara pretende abandonar la prisión para purgar el resto de su condena, casi 20 años, en su casa, desde luego, “bajo prisión domiciliaria”.

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