COLOMBIA: LOS NUEVOS AMOS DE LA COCA

*Los narcos colombianos se modernizan: usan tecnología de punta, redes sociales, drones para espiar y hasta para ejecutar a rivales; se mueven con bajo perfil y la mayor parte de sus capitales los lavan en Europa, Asia y Estados Unidos. Otra parte se va a África.

*Las redes son amplias y los nexos con los cárteles mexicanos se fortalecen cada vez más, particularmente con Sinaloa y Jalisco Nueva Generación, dos grupos que dominan el mercado de las drogas –incluida las químicas– en todo el continente.

Ricardo Ravelo/Corresponsalías Internacionales/La Opinión de México

Colombia. – El crimen organizado colombiano vive una nueva etapa. Ya no hay violencia de alto impacto, pero sí negocio.

Los capos colombianos entendieron que las estridencias no se llevan con el negocio de las drogas. Por ello, optaron por el bajo perfil y, además, dividieron sus actividades para dejar atrás la figura de los cárteles. Ahora operan por células y cada una tiene una muy sofisticada distribución del trabajo.

Algunas células siembran la hoja de coca; otras procesan el alcaloide y unas más distribuyen el polvo blanco por todo el mundo. Otras más se ocupan de lavar los activos dentro y fuera de Colombia para no ser detectados. Ha bajado la violencia, pero informes de la DEA, la agencia antidrogas norteamericana, sostiene que la corrupción va en aumento, pues se han implicado en la protección mafiosa políticos, policías y buena parte de la llamada clase empresarial.

DROGAS, NEGOCIO BOYANTE

Colombia sigue exportando cocaína y drogas sintéticas al mundo, particularmente a Estados Unidos, el boyante mercado de consumo; pero las nuevas acciones ahora revelan que sus ganancias no se invierten ni se lavan en Colombia sino en Europa, Asía y en países considerados como paraísos fiscales, donde los grandes capitales sucios se mantienen protegidos.

Los nuevos capos ya no presumen lujosas residencias. Tampoco automóviles de lujo ni mujeres bellas y despampanantes. El negocio de las drogas ahora se mueve en el sigilo: los cárteles ya no operan todas las variantes del negocio, pues la mayor parte de los servicios que requieren los subcontratan.

De esta manera, los cocineros hacen su parte y los que lavan los activos también; la compra de la hoja de coca la encargan a sus proveedores y el procesamiento está a cargo de otra área especializada; lo mismo ocurre con el transporte de las sustancias: disponen de amplias redes de personas de nacionalidad mexicana, principalmente, que mueven los cargamentos hacia México y, luego, a través de múltiples contactos, los introducen en Estados Unidos, donde otras redes ligadas al negocio se encargan de su distribución entre los consumidores.

La droga –según fuentes consultadas tanto en México como en Colombia– la introducen en Estados Unidos en tractocamiones de doble fondo; también vía marítima y aérea utilizando la aviación comercial. Otra forma de hacer llegar la droga a México es a través de submarinos, una modalidad que se puso de moda en Colombia a finales de los años noventa y que sigue siendo muy socorrida por el crimen organizado.

En Colombia todo ha cambiado dentro del crimen organizado. Los cárteles han dejado de ser violentos, los capos han cambiado sus rutinas y el comportamiento: ya no son estridentes ni fanfarrones, como sus antecesores: ahora operan con bajo perfil, lavan el dinero en el extranjero y subarriendan servicios para no ser vistos ni detectados.

La violencia de alto impacto que antaño cubrió de sangre el territorio ha quedado en el pasado: ahora evitan la violencia, pues saben que esas actividades afectan el negocio del tráfico de drogas. La cocaína sigue siendo una droga dominante en sus exportaciones, pero también han abierto boyantes mercados en el mundo de las drogas de diseño, como en fentanilo, el cual exportan a Estados Unidos y Europa, donde tiene amplia demanda.

Las autoridades colombianas llevan a cabo investigaciones, pero reconocen que les cuesta más trabajo detectar a los verdaderos capos de la droga, pues han cambiado sus roles: ya no son ostentosos ni se mueven en vehículos de lujo, por lo que muchos narcotraficantes han optado por el llamado bajo perfil, a grado tal, que muchos son conocidos como “Los invisibles”.

CAPOS DE LA NUEVA GENERACIÓN

Después de que Colombia se significó por ser un país altamente exportador de drogas, dominado por el poder de dos cárteles emblemáticos –Medellín y Cali–, el narcotráfico colombiano dio un giro drástico en los últimos años: ahora el tráfico de drogas en el país sudamericano es operado por pequeños grupos criminales cuyas actividades y ganancias pasan desapercibidas para las autoridades. Sin embargo, el negocio es tan boyante como en el pasado.

La destrucción de los cárteles de Medellín y Cali, que ocurrió tras la muerte de Pablo Escobar en 1993 y la captura y extradición a Estados Unidos de los hermanos Rodríguez Orehuela, en 1995, respectivamente, devino en el surgimiento de cientos de organizaciones criminales pequeñas cuyos cabecillas ya no son ostentosos: ahora se presentan como empresarios y ganaderos exitosos; tampoco generan violencia y una forma de mantenerse en el anonimato fue haberles pasado la estafeta de la distribución y el transporte de enervantes a los capos y cárteles mexicanos, quienes se encargan de colocar los cargamentos de drogas en los grandes mercados de consumo, como Estados Unidos y Europa, por citar sólo dos de los más importantes.

Según los informes de la Policía Nacional de Colombia y la Drug Enforcement Administration (DEA), estos nuevos grupos dedicados al narcotráfico son tan discretos que son llamados “Los invisibles”, pues no hacen gala de la ostentación y sus ganancias, que han disminuido, pero son constantes, se invierten en el extranjero para no ser detectados por las autoridades fiscales colombianas.

Estas fuentes registran en sus informes y carpetas de investigación que en Colombia operan tres grandes narcotraficantes que son identificados por sus alias. A ellos les atribuyen el movimiento más importante de enervantes desde Colombia que, en muchos casos, cruzan por Venezuela, desde donde se planean las rutas a seguir para las entregas vía aérea o marítima.

Actualmente los tres capos más importantes de Colombia son identificados por las autoridades locales y la DEA como “El Señor T”, “El Contador” y “La Araña”. A ellos se les atribuye la capacidad de mover hacia el extranjero la mitad de la droga que se produce en ese país y que se estima en unas 500 toneladas de cocaína al año.

Según el perfil de que disponen las autoridades, estos tres capos se han mantenido en el negocio debido a sus alianzas con cárteles extranjeros y bandas criminales locales; además, se mantienen en el anonimato y llevan una vida sin lujos.

“El Señor T” –establecen los informes– opera bajo una fachada de comerciante prestador de servicios; se abastece de la cocaína que se produce en demarcaciones como Catatumbo, Magdalena Medio, Cauca y Chocá, donde ha establecido pactos con miembros del Comando Central del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que tiene presencia en esos territorios.

Las agencias de inteligencia colombianas y norteamericanas, que han estudiado sus movimientos, aseguran que mantiene alianzas con cárteles mexicanos, chilenos, españoles y holandeses. Incluso aseguran que existen registros de algunos encuentros sostenidos en Venezuela.

El llamado “Señor T” no es cabeza de un cártel, como ocurría en el pasado. Este personaje del crimen organizado conformó un outsourcing y creó varias empresas en el exterior para canalizar sus ganancias sin dejar rastros.

A pesar de que mantiene una vida austera, su capacidad para mover droga es tan elevada que esto lo puso al descubierto: ahora forma parte de la lista de los veinte criminales más buscados del mundo. Sin embargo, no ha podido ser detenido.

Algo similar le pasó a “El Contador”, otro de los narcotraficantes más importantes de Colombia, quien terminó convertido en el mayor traficante de la llamada Costa Pacífica nariñense, donde se alió al Frente Oliver Sinisterra de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y las Guerrillas Unidas del Pacífico, a quienes financió.

Estos grupos se volvieron visibles para las autoridades por sus constantes acciones violentas contra la población, así como contra las Fuerzas Militares de Colombia y Ecuador.

Por ello, “El Contador” había visto peligrar el bajo perfil con el que se movía. Para evitar ser capturado creó un grupo de hombres armados –lo que bien podría ser llamado un brazo ejecutor, al estilo de Los Zetas en México cuando formaban parte del cártel del Golfo–, a quienes armó con un arsenal facilitado por el cártel de Sinaloa, a fin de que combatiera a sus antiguos socios, quienes fueron abatidos.

“El Contador”, en otro tiempo, manejó las finanzas del “Frente 29” y la Columna Daniel Aldana de las FARC, de ahí le etiquetaron el apodo con el que hasta la fecha se le conoce.

No menos poderoso es “La Araña”, otro narcotraficante cuyo ascenso ha sido vertiginoso. Según sus antecedentes, empezó como intermediario entre la banda de Los Constru, que opera en el sur de Colombia, y las disidencias de Las FARC en Putumaya, pero traicionó al cabecilla de esta última –conocido por el alias de “El Sinaloa”– para quedarse con su poderío y varios activos, entre otros, las rutas más importantes que en su momento abrió el guerrillero Raúl Reyes.

LA DISCRECIÓN CRIMINAL

Cobijados por el anonimato, con ejércitos y grupos de sicarios menos ostentosos, pero efectivos, y con nuevo esquema interno, el narcotráfico colombiano sigue a la cabeza en la exportación de drogas hacia el mundo. En estricto sentido, nada ha cambiado: el negocio prevalece, pero actualmente los capos son más discretos y evitan, en la medida de lo posible, la violencia de alto impacto, como ocurría en los tiempos de Pablo Escobar.

Los nuevos narcotraficantes colombianos se exponen menos a los reflectores, evitan ser rastreados y monitoreados en sus ganancias. En gran medida, este bajo perfil también fue posible que lo alcanzaran debido a que les cedieron a los narcos mexicanos el negocio del transporte de enervantes.

Otros paradigmas también han cambiado en Colombia. El negocio monopolizado, por ejemplo; el deseo de volverse “íconos de la mafia” y la guerra contra el Estado, ya no existen. Además, cálculos estratégicos y cambios en el mercado de las drogas mueven hacia otros destinos las rentas del narcotráfico en Colombia.

No es todo: La violencia extrema se transformó –aunque no se ha terminado del todo– y ahora los capos, en su mayoría, han optado por una vida modesta y anteponen la fachada de ser empresarios exitosos o prósperos ganaderos. A esto se debe que la organización Insight Crime –una de las más importantes que ha estudiado el fenómeno del narcotráfico en América Latina– denomine a los nuevos narcos como “Los invisibles”.

Estas nuevas células criminales –que a principios del 2022 eran denominadas “Los Baby cárteles”– tienen otra dinámica. Antes, los viejos cárteles como Medellín y Cali tenían el control de toda la cadena productiva, desde la siembra hasta la distribución.

Cuando fue asesinado Pablo Escobar y apresados los hermanos Rodríguez Orehuela, el narcotráfico colombiano se fragmentó en forma gradual e irreversible. El negocio primero pasó a los grandes ejércitos ilegales que controlaban las diferentes regiones donde se cultiva la coca y luego el cártel del Norte del Valle operó el negocio, pero por breve tiempo.

De acuerdo con los informes oficiales, en estas organizaciones no había un líder absoluto y ciertas facciones terminaron enfrentándose entre sí por el control de las rutas y las propiedades del narcotráfico. Luego surgieron los llamados “Bacrim” –Bandas Criminales–, conformadas, en su mayoría, por paramilitares que no se acogieron a la justicia y se mantuvieron delinquiendo en todo el país.

Además, la salida de las FARC del conflicto armado, lo que ocurrió con la firma del acuerdo de paz, permitió que se confirmaran los llamados “invisibles”, la nueva generación de capos que en Colombia nadie ve ni combate.

Actualmente, en Colombia no existe una sola forma estructural en las organizaciones criminales. Lo que es claro es que, si bien antes el negocio estaba manejado por cárteles que eran altamente jerárquicos y que monopolizaban todas las etapas de la producción y tráfico de la cadena de narcóticos –como fue el caso de Pablo Escobar –actualmente hay un sistema conformado por muchos grupos de distintos tamaños y en diferentes puntos de la cadena.

Con base en informes de la Policía Nacional de Colombia, lo primero que cambió fue la estructura interna: ahora hay descentralización y la línea de mando es horizontal. Hay grandes grupos que controlan los territorios, donde están las siembras ilícitas –como los Urabeños, El clan del Golfo, El ELN y las disidencias de las FARC–, pero también los hay más pequeños y sofisticados que los cárteles que operaban en los años ochenta.

En general, no hay grandes capos con un porcentaje de mercado tan grande como en su momento lo manejó Pablo Escobar, establecen los informes. Lo que sí hay –añaden– es un mayor número de organizaciones, pero con rentas menores.

El actual sistema del narco en Colombia reúne a organizaciones criminales de diferentes formas, por lo que es difícil para el gobierno generalizar cómo son actualmente los narcotraficantes.

Los empresarios del narco ahora abandonaron la idea de volverse íconos de la mafia; ya no se movilizan en los mejores autos ni viven en mansiones; tampoco tienen zoológicos de animales exóticos ni visten con joyas de oro, por ello, se camuflan entre la sociedad y resulta mucho más difícil para las autoridades identificarlos.

Además, aprendieron a profesionalizarse. Las familias cercanas a los capos estudian y muchos han adquirido conocimientos que les permiten burlar el sistema financiero y las leyes para poder blanquear sus activos.

Incluso, disponen de mejores recursos tecnológicos, con los que pueden vigilar los cargamentos vía satélite. En la época de Pablo Escobar el narco libró una fuerte guerra contra el Estado. Los actuales narcos no quieren enfrentamientos, por ello, buscan no ser vistos.

Así se manejaba, por ejemplo, el capo José Bayron Piedrahita Ceballos, “El Árabe”, quien se inició en el negocio cuidando los laboratorios del cártel de Cali. Después, fue la cabeza de una importante estructura de lavado de dinero, conformada por varias compañías en la región de Urabá, en el departamento de Antioquia.

Fue el principal generador de empleo en la zona, por lo que se camuflaba con la fachada de un próspero ganadero y exitoso empresario. Así pasó desapercibido durante años para el radar del Estado, hasta que un error lo puso bajo los reflectores de la justicia: actualmente purga una cadena perpetua en Estados Unidos.

La cadena del crimen es muy larga, pero los “invisibles” ya no lo manejan todo: ahora la clave es subcontratar servicios. Cada uno hace su parte y obtienen buenas ganancias. Así, todos ganan y se mantienen impunes e invisibles para el Estado.

En México, sin embargo, ocurre todo lo contrario: es tanta la impunidad de que gozan que los narcotraficantes se pasean libremente, matan, desaparecen, cobran piso, incendian mercados y bares de postín si los dueños se niegan a pagar cuota; controlan la piratería, la trata de personas, el tráfico humano, regentean burdeles, casas de citas y explotan la prostitución a gran escala con absoluta libertad. El gobierno de López Obrador, con sus omisiones, ha sido el protector número uno del crimen organizado, según legisladores republicanos de Estados Unidos. Aparentemente ya no hay pactos entre capos y el poder, pero sí impera la inacción frente al poder criminal, lo que resulta una práctica tan perniciosa como los viejos acuerdos entre los presidentes y los jefes del narcotráfico.

La política oficial de México, basada en “Abrazos y no balazos”, ha resultado un verdadero fracaso: a cinco años de que López Obrador ofreció la pacificación del país, el territorio sigue controlado por el crimen; su poder es tan fuerte que la guerra entre bandas criminales cobra entre ochenta y cien muertes diarias. Y pese a la fuerte militarización, todo sigue igual.

Sin embargo, el presidente Andrés Manuel López Obrador sostiene que el país está bien pese a que en poco más de cinco años se han cometido más de 170 mil muertos.

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