DESAFÍO

RAFAEL LORET DE MOLA / LA OPINIÓN DE MÉXICO

*Navidad de Fantasmas

*Santa Claus Perdido

Dicen quienes han tenido experiencias paranormales, o presumen de ello porque confundieron a un gato con un espectro maullador, que existen espíritus inofensivos, socarrones, que se divierten tocando los pies de los dormidos o moviendo las mesas y las sillas estremeciendo a sus propietarios; otros, hablan de entes perversos dispuestos no sólo a atemorizar a los vivientes sino a perseguirlos hasta sus muertes. Estos son peligrosísimos en las cintas de terror que, a diario, cobran mayores audiencias entre los jóvenes alejados de su realidad y adictos, en la mayor parte de los casos, por la abundancia de juegos cibernéticos enaltecedores de las guerras y los enfrentamientos. De los demás se dice de ellos que son “desadaptados” en la infortunada valoración de nuestro tiempo.

En la residencia de Los Pinos –llamada hoy Complejo Cultural en donde ya se dan conciertos sinfónicos gratuitos en los jardines-, todavía con los salones vacíos y los sabuesos buscando los muebles, inventario en mano, que los Peña y demás deben haberse repartido como su última afrenta contra los mexicanos, los fantasmas son asiduos visitantes desde la era de López Portillo cuya mujer de entonces, Carmen Romano, gustaba de rodearse de videntes, chamanes y hasta psíquicos a quienes se consideraba reyes de la hipnosis porque doblaban cucharas. Uno de ellos, Uri Geller, ilusionista israelí –tiene ahora 74 años-, fue captado en varias ocasiones tomado de la mano de la primera dama cuando el galán apenas cursaba por los 30; quien esto escribe los filmó para guardarlos en una cineteca que “desapareció” con el tiempo. Corría el año de 1980.

Las sesiones espiritistas fueron frecuentes y no se esfumaron con la presencia del Papa Juan Pablo II en la casona de Chapultepec, en cuya capilla ofició una Misa en 1979 para halagar a la madre de López Portillo, Doña Cuquita, pese a su declaración de que había perdido la “virginidad” católica leyendo a Hegel muchos años atrás. Su adoración por Los Pinos lo devolvió a este sitio después de muerto si ustedes creen en las disparatadas versiones esotéricas; a veces yo también me estremezco.

Por supuesto, el espectro del general Lázaro Cárdenas del Río no sale de allí y de los despachos del Palacio Nacional en donde ahora el presidente López Obrador pasa buena parte de su tiempo; la otra se distribuye entre esperas en los aeropuertos y místicas peticiones a la madre tierra además de sus conferencias matutinas en donde se esmera en ganar, como lo hacía Echeverría cada día, los mayores titulares del día siguiente: habla más de lo que puede cumplir al mediano plazo y esto le revierte entre sus malquerientes y enciende a sus críticos confundidos. Pronto, este personaje casi centenario habrá de poblar la residencia ex oficial con su espíritu chocarrero, parlanchín y tenebroso; por ahora está por cumplir 99 inviernos en el ya muy próximo enero.

Las buenas intenciones no pueden nunca contra las revelaciones y presencias del más allá. Porque estoy seguro de que al mandatario en funciones, en busca de ser el mejor de la historia, se acerca demasiado a los espíritus de los mandatarios fallecidos en franca competencia con ellos; a los vivos los mantiene cerca con todo y las bufonadas de Vicente Fox quien sólo pretende blindarse en sus ridículas aseveraciones para protegerse, en caso de ser procesado, bajo los dinteles de la libertad de expresión.

Juegos de presidentes, vivos y muertos, que debieran dar lugar a una exitosa temporada de Netflix, tan de moda. Ya van varias, algunas alucinantes y otras ridículas, como la del Preso Número Uno que hila sobre la ilusión de millones de mexicanos por observar a un presidente en la cárcel.

La Anécdota

Por lo pronto, Santa Claus, ícono de la Coca-Cola a la que con tanto fervor sirvió Vicente el de las botas cuando añoraba ser el jefe del país sin revelarlo todavía, anda extraviado. Llegó a Los Pinos para dejar su regalito al niño galán Enriquito y se encontró con un nubarrón de rencores que se esparcen todavía en los vacíos salones. Ya hay quienes dicen “extrañarlo” con memoria flaca y un cúmulo de megambrea en el cerebro.

Luego, el anciano vestido con rojo y blanco se fue a Las Lomas, a Malinalco, a Valle de Bravo, a Metepec… y nada. El niño Peña no estaba. No vaya a ser el diablo, habrá pensado, creyendo que López Obrador podría disfrazarse de rojo para cumplir su promesa toral de combatir a la corrupción, sobre todo la del pasado inmediato y no la del presente. Y por allí va el trineo tratando de llevarle carbón a la criatura errante que tanto ofendió a los mexicanos.

¡No lo olvidemos!

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