DESAFÍO

*Andanada Intelectual

*Censura o Democracia

Rafael Loret de Mola/La Opinión de México

Quizá sea Octavio Paz el mayor intelectual de nuestro tiempo aunque haya partido en 1998, dos años antes de consumarse la primera alternancia con el folklórico Vicente Fox a la cabeza del movimiento a favor del cambio que se quedó en exhorto. Un año y medio antes de su muerte, Paz debió ser trasladado a la Casa de Alvarado, en Coyoacán, tras un incendio que devastó su departamento y buena parte de su excepcional biblioteca. La decisión la tomó, desde luego, la administración de Ernesto Zedillo para honrar así al primer premio Nóbel de Literatura de nuestro país. Por ello, Paz no cesó en elogios para Zedillo y fue el primero en proponer que sólo la continuidad política sería garantía.

Es fama que, tras la masacre de Tlatelolco, en 1968, cuando Paz ejercía como embajador en Nueva Delhi, renunció al cargo en protesta y se desalineó del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz quien, en una célebre entrevista al fin de su mandato, se refirió al incidente puntualizando que los reproches de Paz no habían estado acompañados de la negativa a recibir los honorarios íntegros como embajador que devengaba. Es decir, se trató de un gesto por el que no dejó de recibir sueldo y dividendos en una contradicción

severa sobre su postura oficial. Paz, desde luego, jamás agregó una sola palabra al respecto.

Y así no pocos intelectuales mexicanos quienes, a trueque de sus famas, optan por prebendas y manutenciones por parte del Estado y acaban por servir, asís sea con el refugio de una falsa independencia de criterio, al grupo enseñoreado del poder público. Por ejemplo, en diciembre de 2012 el entonces presidente electo, Enrique Peña Nieto tropezó con una intolerable confusión: equivocó los títulos de sendas obras de Carlos Fuentes y Enrique Krauze, los nuevos santones de la vida intelectual mexicana aunque el primero ya no esté entre los vivos. Para ellos, y su soberbia exacerbada, el sólo hecho de que Peña trastabillara con el conocimiento de sus aportaciones indispensables –“La Silla del Águila” y “La Presidencia Imperial”- es motivo más que suficiente para subrayar la incapacidad, no sólo la opacidad del ex mandatario, para ejercer la Presidencia de la República.

Por principio de cuentas, el juicio visceral de sendos personajes –a quienes resultaría difícil responder sobre cuestiones relacionadas con la geopolítica nacional básicas, sin que ello signifique defender la torpe ignorancia de Peña-, olvida que un presidente, el panista Vicente Fox, no sabía siquiera pronunciar correctamente el nombre y apellido de Jorge Luis Borges, el argentino que se

aburrió de ser él mismo según dijo, y admirable como emblema de la literatura latinoamericana.

Esto es: no siempre los buenos lectores han resultado mandatarios. De hecho, me temo que desde la gestión de José López Portillo, en la década de los ochenta del siglo pasado, no hemos tenido ningún representante de los “buenos lectores” con la banda tricolor cruzándole el pecho. Quizá por ello, para intentar llenar tal vacío, algunos aspirantes o suspirantes a cargos públicos relevantes se dieron a la tarea de escribir textos sobre las rodillas para hacerse notar… como intelectuales, incluido, claro, quien encabezó en 2012 la carrera sucesoria, Enrique Peña, descubierto in fraganti en Guadalajara cuando no pudo ni balbucear los nombres de tres autores y acabó confundiéndose.

En fin, Fuentes vivió en París y desde las tertulias intelectuales salpicadas con café au lait y rosca brioche, la perspectiva mexicana era por él apreciada de modo distinto. Incluso la represión en Guerrero contra los estudiantes desarmados y alevosamente maltratados, no parece gran cosa aun cuando sirva de pretexto para agolar la voz y extenderse en peroratas sobre la imparable descomposición de México. Fíjense, en esto sí doy la razón a Felipe Calderón: los mexicanos solemos hablar muy mal respecto de nosotros mismos sin valorar lo bueno que

tenemos…y que es mucho a pesar de los sobresaltos diarios y de la obcecada e interminable guerra entre las mafias.

Y Krauze está en lo suyo: buscando hacer del presente, pasado, para mantenerse en la línea de los historiadores. Dicho esto sin soslayo de la admiración que me causan sendos escritores que han dejado profunda huella en nuestro país. Pero, en materia de política, por desgracia, admítanlo o no, sus opiniones siempre fueron y son sesgadas a sus intereses y a la rutina de quedar bien con cuantos les ofrecen comodidades, promocionan sus premios y enaltecen sus trabajos… aunque no los lean.

La Anécdota

Permítanme un rasgo de vanidad, que también tengo la mía, sin que ello sea ofensivo para los lectores. Cuando Fuentes publicó “La Silla del Águila”, Rogelio Carvajal Dávila, considerado el mejor editor mexicano y de quien tengo a orgullo que haya sido quien más libros míos editó, me dijo muy serio: “¡Ahora resulta que Fuentes acaba por rendirte un homenaje a ti!”. Lo dijo porque el formato del libro señalado es muy semejante al de algunas de mis antiguas novelas, “Presidente Interino” y “Alcobas de Palacio”, entre otras, que abrieron el fuego de la crítica en los años setenta cuando nadie se animaba a cuestionar al presidente en ejercicio. Siempre me he sentido profundamente honrado por esta opinión y me niego,

sencillamente, a considerarla excesiva. Con mis disculpas para cuantos se sientan enfadados.

El hecho es que los intelectuales, sin tomar el mínimo riesgo, buscan eternamente alcanzar protagonismos a costa de los que están en la línea de fuego. Me precio de no haber caído en el garlito.

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