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Desafío: La crisis de la ley / El avión del general

Por Rafael Loret de Mola

La crisis del Estado de derecho inicia cuando se rompe el principio inalienable de la división entre los poderes autónomos porque ello cancela igualmente los principios republicanos y democráticos torales. Incluso en las monarquías más veteranas, los reyes y demás miembros de la cortesana farándula están sometidos ahora a los escrutinios constitucionales y su riqueza incluso tropieza con los escalones de los parlamentos y el escrutinio de los súbditos ya cansados del glamour de las testas coronadas.

En nuestro país, por desgracia, tenemos al frente del Ejecutivo federal –por cierto en este álgido momento puede considerárselo cuanto antes se negaba porque bien le viene el subtítulo de “jefe de las instituciones nacionales”-, a un personaje curtido en el activismo social mentiroso y no en la sujeción a las reglas establecidas; entre la anarquía y la democracia, Andrés Manuel está indiscutiblemente más cerca de la primera porque, desde adolescente, la soberbia de su hacer le lleva a cometer todo tipo de excesos sin detenerse en las consecuencias y/o en las normas fundamentales.

Por ello, para él, pasar por encima de la Constitución, la ley fundamental de cada país que rige los destinos de cada uno de ellos, es como un juego de poderes para alcanzar la cima tratando de interpretar la letra del ordenamiento superior como le viene en gana. Así lo hizo cuando, de plano, habló de la “constitucionalidad” de la prórroga ilegal del ya expresidente de la Suprema Corte de Justicia, Arturo Zaldívar Lalo de Larrea, metiendo además las narices en el poder judicial que no es delegación del Ejecutivo, cuando expresamente es lo contrario y así lo testimonia el artículo 94 de la Carta Magna en uno de cuyos párrafos –el doce- se asienta lo siguiente:

“Ninguna persona que haya sido ministro podrá ser nombrada para un nuevo periodo, salvo que hubiera ejercido el cargo con el carácter de provisional o interino”.

No hay más que leer para actuar en consecuencia y no desvirtuar los contenidos bajo la falaz tontería de que si no se acomoda una norma a la voluntad superior puede inventarse una reforma que, en todo caso, no podría ser retroactiva y debería ser votada por las tres cuartas partes de sendas Cámaras del Congreso de la Unión. ¿Por esto se empeña AMLO y su MORENA en tratar de validar, azuzando con encuestas falsas sobre la aprobación al mandatario –de ser ciertas tendríamos que considerar que se ha duplicado, cuando menos, el fervor al mesías de Macuspana a partir de sus recalcados 30 millones de sufragios en julio de 2018-, una extendida mayoría en la Cámara de Diputados para hacer y deshacer a su antojo librándose de estorbos tales como el del veterano y culto Porfirio Muñoz Ledo quien habla de los peligros de cancelar la división entre los poderes?

Al perderse la autonomía del Legislativo, el Judicial y oras instituciones, como ha pretendido hacer con el árbitro electoral al que ha puesto en jaque aduciendo que no será motivo de extinción “por ahora”, está emplazando a la democracia para convertirla en recurso retórico en niveles mucho más altos que en los del viejo y malhadado priismo hegemónico. ¿No es esta la mayor traición a sus principios, Andrés? ¿Retornar por la senda recorrida para erigirse en supremo mandante –no mandatario- de la República?

Si tal hubiese sido la propuesta antes de los comicios de 2018 los 30 millones de sufragantes entonces, o buena parte de ellos, habrían saltado del barco morenista.

       La Anécdota

El general Lázaro Cárdenas del Río no era muy asiduo a los aviones de la era moderna. Es fama que cuando viajaba en ellos, muchas veces a La Habana para dialogar con Fidel, permanecía callado y meditabundo y no miraba ni a sus acompañantes.

A decir de uno de quienes tuvieron la poca fortuna de ir con él en uno de sus periplos aéreos me contó, hace muchos años, que el impertérrito general y exmandatario de México, solía expresar socarrón cuando la aeronave tomaba pista:

–Señores… ¡ya podemos volver a ser ateos!

Como él, seguramente Andrés guardará sus “detentes” –el corazón de Jesús en estampita-, cuando aterrice en el desierto del no poder. Solo entonces volverá a ser agnóstico.

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