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Desafío: Violencia y dramas / Elecciones turbias

Por Rafael Loret de Mola

Violencia, debates, elecciones e incertidumbre. Tales son los signos del presente sin más actualización que la realidad cotidiana. Dividido en dos, el país no parece tener espacio para la concordia y sí para la confrontación. Lo decíamos desde hace tiempo: el mandante pelafustán, en su fase final, logró su objetivo de radicalizar a la comunidad nacional acaso de modo irreversible y de ello se ufanan los voceros de la hipocresía y la manipulación.

Más allá de las encuestas llegaron los escrutinios y la ciudadanía se enfrenta al poder presidencial como nunca antes. Por una parte, los mexicanos no comprometidos y quienes saben que la conciencia no está en venta, mucho menos los sufragios; y, por la otra, los engañados, tuertos porque no saben pensar, dispuestos a refrendar la continuidad -esto es la forma elevada del conservadurismo que el mandante pelafustán achaca a sus adversarios sin ver la viga en el ojo propio-, pese a las evidencias del mal gobierno y de los fraudes galopantes, cada día más claros y vergonzosos.

Pese a todo lo anterior nos dicen los voceros de la llamada 4T que todo ello es “normal” o que debemos acostumbrarnos al rencor, el odio y la animosidad contra la estructura gubernamental. Pero no: este no sería un país para hipocresías ni para bordar utopías sin la más mínima apreciación de la realidad.

México, sí, no puede entenderse con la permanente controversia entre liberales y conservadores, entendidos los primeros como aquellos inconformes que apuestan por los cambios, sobre todo de sistema y no solo de los colores partidistas, y los segundos como reductos del inmovilismo y de la continuidad como ahora proclaman los hijos… de la 4T que nunca pensaríamos eterna.

Sin darse cuenta, los admiradores del mandante pelafustán cayeron en los contravalores que tanto apuntaron: acabaron siendo los conservadores cuya única ilusión ha sido la continuidad de una administración fallida a todas luces. Y de este escenario no es posible retirarlos, enloquecidos por la atracción hacia un ícono a quien, ya lo verán, no perdonará la historia ni los mexicanos libres. Cada muerto por las condiciones políticas o por la pandemia o la crecida del crimen organizado al que se abrazó en vez de perseguir durante los 66 meses de este régimen autoritario y a falta de cuatro más, solo cuatro insistimos, cuyos efectos significarán, sin duda, la materialización de todos los viejos vicios del establishment en edición corregida y aumentada como tantas veces hemos apuntado.

El pueblo sabio lo sabe más allá de los intentos seductores de la clase política: no es posible seguir por la senda de la corrupción intratable e impune. ¿Qué sucederá con las pruebas evidentes que sitúan a la familia López Beltrán como una de las más amorales de la historia? ¿Y con los esbirros intocables, ahora enloquecidos, que se ciernen sobre México con avidez de buitres?

La estrujada oposición que la ciudadanía, con su marea rosa, convirtió en una verdadera opción de cambio pese al pasado de priistas y panistas -no así los del PRD que no han tenido ocasión de gobernar-, tiene ahora un largo camino por recorrer: nada menos estar a la altura de los votantes valientes que no se amedrentan y mantienen, intacta, su pasión por la patria tantas veces escarnecida por la demagogia que anida en la corrupción con la consiguiente ruptura de la democracia. Esto no podríamos refrendarlo en ninguna circunstancia; y no lo haremos ni ahora ni en el convulso futuro que ya está aquí. México no lo merece.  

Las marionetas, Sheinbaum y Maynez, han hecho su papel: la primera dando seguimiento y aval al mandante cínico y el segundo sirviendo como el más claro ejemplo de esquirol en la historia del país. Los dos será terriblemente juzgados y la repulsión, sin duda, alcanzará a sus hijos y varias generaciones más de familiares avergonzados. Pase lo que pase en los días subsecuentes es evidente por donde marchan las crónicas de la actualidad; y, como dije, también seremos juzgados, cada uno de nosotros, por nuestras descendencias. No hay ya manera de evitarlo.

Xóchitl Gálvez tiene ante sí un enorme desafío: estar a la par con cada mexicano libre y dispuesta a responderle, sí, con la fuerza acumulada por tantos empeños de la sociedad civil. Tenemos, sí, la obligación de ser ejemplo para el mundo no solo por la resistencia, sino también por la coherencia; un paso atrás nos encontraremos con el abismo y un paso adelante nos vindicará a todos incluso a los tuertos y ciegos que ya vendieron sus almas a las víboras de Palacio Nacional con tintes de Belcebús disfrazados de corderos.

No es sencillo el desafío; si es temible. Porque no pocos se preguntan hacia dónde iremos con tantas trampas -peores que las minas que estallan con el andar-, colocadas a nuestro paso para intentar destrozarnos las vidas, sobre todo con el silencio que mueve a los abstencionistas vulgares y cobardes y el rugir de los conformistas con las manos extendidas e incapaces de producir lo necesario para crecer y no meter las cabezas bajo tierra como los avestruces de los cuentos infantiles. ¿No aprendimos nada en nuestra infancia y nuestra juventud?

En fin, el paso ya está decidido, aunque la mayoría, como siempre, no esté satisfecha. Recuérdese que los porcentajes son mayores, en conjunto, a las triunfantes candidaturas y tal nos aleja del principio más noble de la democracia.

Este es el México de hoy; ojalá sea suficientemente digno de las nuevas generaciones.

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