DIARIO EJECUTIVO

Roberto Fuentes Vivar/La Opinión de México

  • El Chavo del 8 cede su lugar a las aulas 
  • La televisión retoma el camino educativo 
  • Empresas, Gruma, Cemex, China, medicinas  

Mientras que los cuatro principales grupos mediáticos, en Palacio Nacional, acordaban con el presidente Andrés Manuel López Obrador el reinicio de clases a distancia a través de la televisión, por la pandemia, las redes sociales lloraban porque dejó de transmitirse “El Chavo del Ocho”, el programa icónico de la deseducación mexicana. 

Si bien los dos eventos no tienen nada entre sí, resulta metafórico que concluya la serie más exitosa de la televisión comercial mexicana (transmitida en alrededor de 100 países y doblada a aproximadamente 50 lenguas), en el mismo momento en que los propietarios de las principales cadenas televisivas acordaban acciones con el Gobierno para que 30 millones de niños y jóvenes puedan estudiar desde sus hogares. 

El programa, planeado por el propio presidente de la República, el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, Jenaro Villamil, tendrá un costo de poco más de 270 millones de pesos, incluyendo el precio de una “tarifa social” y los gastos de producción. 

Se trata de un proyecto que fue aplaudido por casi todos los sectores y hasta por muchos de los adversarios a la IV Transformación, aunque algunos comentaristas intentaron demeritan la labor del gobierno y atribuírsela únicamente a los empresarios mediáticos Emilio Azcárraga, Francisco González, Olegario Vázquez Aldir y Ricardo Salinas Pliego, a través de cuyas cadenas se difundirán cuatro mil 500 programas educativos. 

De hecho, hasta muchos críticos acérrimos del presidente López Obrador, consideraron que, por la emergencia que vivimos la idea de unir esfuerzos con las televisoras para dar clases a distancia (que comienzan el 24 de este mes) es un avance que incluso podría ser replicado en otros países. 

Pero así como este programa puede ser imitado por algunas naciones en las cuales ya se habían reiniciado las actividades normales, pero las autoridades dieron marcha atrás ante los posibles rebrotes del Coronavirus, hay una serie que rebasó con creces las fronteras no solo continentales, sino globales y cuya vida estuvo marcada por avatares negativos y positivos. 

Concretamente, Roberto Gómez Fernández, hijo de Roberto Gómez Bolaños, dio a conocer, casi de manera paralela al acuerdo de las televisoras, que los programas del Chavo dejaron de transmitirse en cerca de 20 países, debido a cuestiones litigiosas. 

En varias naciones latinoamericanas se despertaron este lunes sin el chavo del 8, lo que causó sorpresa en el teleauditorio. En Brasil, el grupo SBT, que emitía estos programas confirmó haber recibido una notificación de Televisa para informar sobre la suspensión del contrato “por un problema pendiente de resolverse con el titular de los derechos de las historias”. 

El chispoteo de la televisión 

El del Chavo del 8 es un caso interesante dentro de la historia de la televisión mexicana, porque de alguna manera fue testigo de los grandes cambios en las organizaciones privadas (y también públicas) mediáticas. Nació en Televisión Independiente de México, conocido como Canal 8, una cadena propiedad de la familia Garza Sada que duró menos de 10 años, de 1965 a 1973.  

Como personaje nació en 1971, pero como serie fue difundida originalmente del 26 de febrero de 1973 por Canal 8 y finalizó el 7 de enero de 1980, ya en Televisa. En esos años se presentaron muchos de los cambios estructurales de la televisión mexicana. 

Al Chavo del Ocho le tocó la muerte del jefe de Telesistema Mexicano, Emilio Azcárraga Vidaurreta (23 de septiembre de 1972) y un año después el asesinato del líder del Grupo Monterrey, Eugenio Garza Sada (17 de septiembre de 1973), por lo que fue testigo del nacimiento de Televisa, tras la fusión de Televisión Independiente de México y Telesistema Mexicano. 

Desde el lado de la competencia de los medios públicos, seguramente Chespirito no estuvo ajeno a las maniobras de Luis Echeverría para adquirir de Francisco Aguirre Jiménez y de Alejo Peralta, la posesión accionaria para el gobierno federal de Canal 13, una televisora que había comenzado a transmitir en 1968 como Corporación Mexicana de Radio y Televisión. 

También se enteró, quizá desde el barril en que se pasaba la vida, que Grupo Monterrey vendió su participación en la sociedad de TIM con Telesistema Mexicano, a la familia Alarcón (propietaria de El Heraldo de México) que más tarde fue adquirida por Emilio Azcárraga Milmo, para quedarse como cabeza única de Televisa, que había nacido el 8 de enero de 1973. 

Por ese entonces, cuando ya del Chavo del 8 crecía en audiencia, Mario Vázquez Raña adquirió la cadena de los Soles, un grupo de periódicos que había sido propiedad de José García Valseca y posteriormente estatizado por el gobierno de Luis Echeverría. Hay indicios de que el propio Garza Sada había intentado comprar esa cadena. 

Otro episodio de la serie de la televisión mexicana (no la del Chavo del 8) fue cuando la Universidad Nacional Autónoma de México pretendió, durante el rectorado de Guillermo Soberón, abrir un canal cultural. El sueño universitario se vio frustrado cuando la máxima casa de estudios y el gobierno mexicano, acordaron, con Televisa, la creación del Canal 8, como medio cultural. Más, tarde, por cuestiones técnicas se convirtió en el Canal 9, que poco o nada tiene que ver con la cultura. Seguramente los personajes del Chavo, en fila, aplaudieron la medida. 

Años más tarde, cuando en 1993 Ricardo Salinas Pliego compró el grupo de medios privados, principalmente Canal 13 y Televisión Rural Mexicana (ésta última, la verdadera joya de la corona porque cubría más territorio que la propia Televisa y llevaba precisamente la educación a los lugares más remotos del país), la serie del Chavo del 8 se seguía transmitiendo y en sus momentos de mayor auge llegó a tener 350 mil televidentes semanales. 

Quizá de toda esta historia de la televisión, el Chavo del 8 sólo hubiera dicho “ya se les chispoteo” al ver cómo se creaba el duopolio televisivo, para agregar que la privatización “fue sin querer queriendo”. 

Chespirito, sumisión y narco 

Cuando Azcárraga asumió el control de TIM adquirió como activos a tres personajes que ya se había consolidado como ídolos populares, Chespirito, Luis Manuel Pelayo y Raúl Velasco. 

Reconozco en que en sus momentos de fama nunca vi sus programas completos porque me parecían denigrantes y con un eterno llamado a la sumisión, en una época en la que como joven estudiante e incipiente periodista mi prioridad era buscar un cambio social y no la enajenación a través de la “caja idiota”. 

Del Chavo del 8 vi varios programas completos (¡Oh sufrimiento personal!) pero no como espectador, sino con un sentido crítico. Más tarde, en 1983 tuve el honor de fungir como secretario técnico de la mesa de Información, Cultura y Recreación del Foro Nacional de Comunicación Social. Al lado de Pablo Marentes y de Manuel Lira, escuché cómo decenas de participantes consideraban al programa de Chespirito como una de las mayores aberraciones televisivas. 

Más tarde, ya como periodista y en la década de los noventas realicé varios viajes a Centro y Sudamérica para entrevistar y convivir con empresarios (giras muy diferentes a las de los ochentas para cubrir las guerrillas). Cuál fue mi sorpresa cuando hombres de negocios, directivos empresariales y hasta trabajadores tenían como único tema relacionado con México precisamente al Chavo del Ocho. 

La verdad, no sabía dónde esconderme cuando comenzaban a platicar del profesor Jirafales, la Chilindrina, Kiko, Don Ramón, Quico, Ñoño o Doña Florinda. Por más que intentaba cambiar de tema hacia la cultura maya o la importancia del náhuatl en América Latina, los interlocutores (chilenos, brasileños, argentinos, peruanos, colombianos, guatemaltecos y demás) siempre regresaban al barril sin fondo en el que vivía El Chavo y en el que estaba secuestrada la cultura mexicana. Para ellos, los mexicanos éramos precisamente eso, una caricatura televisiva. 

Y no es para menos, pues a pesar de tener 20 años de no producirse, los programas de Chespirito se seguían transmitiendo como gran negocio, al grado de que en 2012, la revista Forbes calculaba que las series de Roberto Gómez Bolaños habían generado alrededor de mil 700 millones de dólares. 

Precisamente porque fueron un gran negocio, a la muerte de Gómez Bolaños (28 de noviembre de 2014) comenzaron los conflictos. Algunos de los actores se quejaron de que no recibían regalías suficientes por su trabajo. Incluso uno de ellos,  Carlos Villagrán (Kiko, quien supuestamente había sido fotógrafo de El heraldo de México), dijo en alguna ocasión que Chespirito (como si le hubiera dado la chiripiorca) tenía relación directa con el narcotraficante.

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