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EL ERROR DE JESÚS GALINDO (3/4 PARTES) 

*Quien llegó a la conclusión de que María del Villar Lledías era culpable de la muerte de sus hermanos Miguel y Ángel y no había actuado sola, sino secundada por dos o tres individuos, porque no era lógico pensar que quien atraca, deja tirados 14 mil pesos en monedas y billetes

 

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México 

 

Ciudad de México.- Para el día 30 de octubre de 1975, el mediocre Jesús Galindo Vázquez llegó a la conclusión de que María Villar Lledías era culpable de la muerte de sus hermanos Miguel y Ángel y no había actuado sola, sino secundada por dos o tres individuos, porque no era lógico pensar que quien atraca, deja tirados 14 mil pesos en monedas y billetes.

El tipo comentaba que María seguramente había pagado por la “tarea” y por ello pudo desatarse pronto, pues los bandidos no la amarraron bien ni le hicieron daño.

Las autoridades tardaron semanas en contar y asegurar el dinero y alhajas que no pudieron llevarse los hampones, así como las antigüedades artísticas adquiridas en Europa, orfebrería, porcelana, cristalería de Bohemia, pinturas, miniaturas codiciadas por anticuarios, muebles del siglo XIX, objetos de bronces y otros metales, etcétera.

Elementos de la Secretaría de Hacienda calcularon en 25 millones de pesos de 1945, las propiedades heredadas automáticamente por María Villa Lledías, sin contar los bienes inmuebles de la capital del país y en provincia.

El procurador Francisco Castellanos dejó en calidad de “detenida” a la señorita Villar, a quien no se le permitió recibir visitas, y tampoco, que alguien le llevara los periódicos del día. La Policía Judicial se burlaba de las declaraciones de la septuagenaria.

Hasta una denunciante le inventaron los acusadores, María de la Luz Maldonado, quien según ella, había sido empleada doméstica de los millonarios y “supo” que María tenía proyectado envenenar a sus hermanos para heredar la riqueza de ambos. De momento se creyó en el infame testimonio y se autorizó la exhumación de los hermanos Ángel y Miguel Villar Lledías, quienes habían sido inhumados en el Panteón del Tepeyac, muy cerca de la Basílica de Guadalupe.

Todo porque muchos “reporteros” habían especulado como siempre, con bien redactadas hipótesis, convincentes, pero sin base científica alguna.

Se adujo que “alguien” había notado un cambio de color en la lengua de los ahora occisos y, “como decía María de la Luz Maldonado, a lo mejor María los había intoxicado para heredarlos”.

En medio de macabra diligencia, autorizada por el Ministerio Público “en busca de la verdad”, los millonarios fueron sacados de sus elegantes tumbas y expuestos al morbo público.

Ningún tóxico se encontró en los análisis periciales, María de la Luz fue enviada a prisión por mentirosa, pero María Villar pasó por la humillación signalética que le hizo corresponder la ficha 127352, en el Palacio Negro de Lecumberri.

El juez penal Juan José González Bustamante, gran jurisconsulto y profesor universitario, dejó en libertad a María Villar al considerar que se habían atropellado sus derechos para enviarla a la cárcel, con fundamento en simples suposiciones, conjeturas y sospechas de policías abusivos e incapaces.

La septuagenaria dijo que se le habían achacado miles de infamias y “pasé muchas noches en la Procuraduría del Distrito, en un lugar oscuro y frío, pero en la Penitenciaría se portaron bien conmigo, había mujeres que estaban allí por causas sencillas, disgustos familiares y todas fueron buenas conmigo, les envié doscientos cincuenta cobertores a otras tantas internas, porque pasaban además de frío en el cuerpo, frío en el alma”.

También dijo que en la Procuraduría del Distrito la metían a un cuarto de interrogatorio, desde las diez de la noche a la una de la mañana y todo era “preguntar, querer sorprenderme, decirme que incurría en contradicciones, como si yo hubiera platicado en una tertulia, como si después del dolor inmenso por el que pasaba, pudiera conservar fielmente todos los detalles, como si yo fuera una máquina. Me quedé impávida ante las acusaciones porque sabía que la razón estaba de mi parte y Dios no me abandonaría.

Todos han hecho negocio con mi desgracia. No es cierto que hiciéramos vida de ermitaños, hacíamos vida social, recibíamos y visitábamos a nuestros amigos, íbamos a la Opera y a los conciertos, yo vestía y lucía mis alhajas, por eso las vieron todos y pasó lo que pasó. En la residencia he pasado 70 años de mi vida, en mi casa he sido muy feliz y muy desdichada”.

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