ISEGORÍA

Sergio Gómez Montero / La Opinión de México

¿Por qué no disciplina?

La piedra que nos mira sabe que la miramos la arena desterrada nutre el mismo destino del abismo que somos
Pereira: “La casa sepultada en la arena”

Conmovida la sociedad por dos acontecimientos relativamente inesperado uno (el ascenso al gobierno de la República de AMLO) y el otro fatalmente presente (la pandemia de Covid-19), el México de hoy registra una serie de sucesos –sorpresivos, heredados, persistentes– que parecieran darle a esa sociedad que conocíamos o creíamos conocer un cariz diferente al que tradicionalmente teníamos de ella. Esa sociedad otra, la actual, hoy se resiste, pertinaz y terca, a adaptarse a la cruda realidad que hoy está frente a nosotros.

Hágase el análisis, pues, de esa nueva realidad que, parece, nos resistimos a reconocer y aceptar, por más tajante y brutal que ella sea. Así, por ejemplo, cómo es que el problema de la corrupción nos ha llevado a militarizar una buena parte de la vida cotidiana, para tratar así de frenar la descomposición del tejido social que esa corrupción había generado. Si bien primero con ello se trató de recomponer la seguridad pública (la creación de la Guardia Nacional), hoy, para tratar de erradicar la corrupción profunda que baña a todo el sistema aduanero del país, el compa Horacio Duarte reconoció que sólo militarizando a ese sistema iba a ser posible darle otra cara, menos hórrida que la actual, a ese sistema. De tal forma, ambas medidas hablan cómo la administración pública en su conjunto era, y en gran medida sigue siendo, un cazo donde se cocinan todo tipo de trácalas y corruptelas que hacen de esa administración pública un sistema que sólo se moviliza a través de la corrupción como si ella fuera el combustible que ese sistema, la administración pública, requiere para movilizarse.

Pero la corrupción no sólo se ha quedado allí (en la administración pública y los negocios de la iniciativa privada) sino que, también hoy, ha carcomido de una manera brutal el actuar diario de las personas que, en particular, habitamos las ciudades del país, quienes, incapaces de soportar la disciplina que implica un confinamiento tan leve y ligero como el que reclaman los cuidados sanitarios de la pandemia vemos, con alarma, que los contagios y las defunciones provocados por Covid-19 se niegan diariamente a disminuir  y someterse y se mantienen, así, en niveles alarmantes sin que, muchas veces, las autoridades se logren explicar el porqué de esos niveles de enfermedad, sin ver que en las calles y playas del país las personas circulan como si anduvieran en una ciudad ajena al grave estado de salud en que estamos viviendo, mostrando así que por valemadrismo o desconocimiento (por corrupción, pues) no atendemos a los reclamos múltiples que nos señalan la necesidad de guardar mínimas medidas disciplinarias para preservar nuestra salud y también la de nuestros semejantes con los que convivimos.

Corruptos, pues, que somos, nosotros, la sociedad toda, ¿vamos a necesitar la militarización para así preservar nuestra salud, así como l@s demás? Heterónomos que somos, en lugar de autónomos, a tal grado de descomposición hemos llegado como sociedad.

Ahora sí, la verdad, que Dios nos agarre confesados…

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