ISEGORÍA

Sergio Gómez Montero/La Opinión De México

¿Y cómo gobernar?

Gobernar en tiempos de demonios, sólo con la sólida protección de un pueblo decidido a que las cosas públicas se hagan bien, no es nada fácil. Ni aquí, ni en Brasil, Argentina o Ecuador, por poner algunos ejemplos. La presión continua de los conservadores, que nunca cesa, es un peso al cual, desde el gobierno, no se sabe cómo eliminar. Tampoco cesa nunca la opresión de la ley (la ley burguesa que no se ha reformado) y por eso el Poder Judicial (casi todo), en un gobierno de transición como el actual, se vuelve, más de una vez, en un poder en contra, limitante y contrario a las decisiones del Ejecutivo. Como contrario al Ejecutivo es todo (o casi) el aparato electoral que existe en el país.

Pero, desde luego, no sólo eso, sino que el panorama geopolítico mundial no favorece para nada hoy la existencia de gobiernos que buscan su autonomía e independencia nacionales. No pega ahora muy directamente, pero el relanzamiento de la guerra fría, la tensión de una Colombia que afecta a toda América Latina, el saboteo a uno de los principales oleoductos de Estados Unidos, los ataques indiscriminados de Israel a Palestina y el relanzamiento de la economía estadounidense para insuflarle aire al capitalismo a nivel mundial, están ahí y se entremezclan y avivan la tensión que causa la sequía, las dificultades para conseguir vacunas, la carencia de granos suficientes para hacer las tortillas, la carencia de un plan educativo coherente y el manejo a bote pronto de la economía, son factores que se aúnan y dificultan el avance más o menos tranquilo de la nación.

Frente a ese panorama tan complejo, pensar el futuro ante un presente tan aciago es una tarea que se tiñe de complejidades y que a veces, creo, al gobernante le hace pensar en tirar la toalla para, en el caso de AMLO, irse a pasar el tiempo por vivir a tierras tabasqueñas y que, quien tenga ánimos, le entre a ese futuro que se vislumbra. Aunque, claro, de manera paralela también se dibuja la otra posibilidad: poder gobernar, reformando la ley todas las veces que sea necesario, para seguir avanzando por el camino trazado hasta hoy: seguir dando libertades para que todos expresemos nuestra opinión, pero tratando de que los siempre desfavorecidos encuentren forma de mejorar sus condiciones de vida.

Hacer lo anterior desde el gobierno no es fácil, pues el gobierno es siempre una olla de comida de la cual todos se sirven sin tamaño ni medida y nadie queda satisfecho con la porción que le corresponde; ¿por qué si hay más, él no puede hartarse hasta reventar? Y ese es el otro problema de la gobernanza: los límites, la honradez, el servicio a los otros.

Pensar que gobernar un país como este es fácil, no tiene la menor idea de lo que ello significa. Pero no queda otra que seguirle echando ganas,

 

 

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