ISEGORÍA

Sergio Gómez Montero/ La Opinión de México

Los señores
comieron y bebieron
hasta más no querer
R. Paredes: “Ultima escena”

Lo que se conoce como democracia desde que la burguesía se hizo cargo del poder en las sociedades occidentales es lo que se denomina democracia representativa, que implica lo electoral y lo partidario en versiones diversas, que virtualmente les niegan a las mayoría de la población una real representación política, que en los hechos se traduce en la imposibilidad de esas mayorías para acceder al poder. En otras palabras, la democracia representativa, políticamente, no le permite al proletariado social, nunca, hacerse cargo del poder de manera pacífica.

Mas ello no quiere decir, que en procesos de transición diversos, ese proletariado, dentro de la burocracia burguesa deba quedarse cruzado de brazos sin optar por, paulatinamente, ir ocupando posiciones que le permitan defender sus derechos con la mayor efectividad posible y para, al mismo tiempo, ir pugnando por la construcción de una nueva sociedad más justa y más libre, en la cual, entre otras cosas, prive una forma de organización totalmente diferente a la que priva en las sociedades burguesas, aunque eso comience por ir minando poco a poco la falaz y corrupta democracia representativa. Hoy, habría que decirlo claramente: los organismos que el antiguo régimen neoliberal instituyó para organizar la lucha política por el poder, se sujetaron y se sujetan a un objetivo superior: hacer preservar a toda costa la democracia representativa, que a su vez le da vida a la partidocracia como forma para disputar el poder político en la sociedad.

No es poco, pues, lo que se disputa cuando, desde la izquierda social pedimos que se modifiquen los organismos y las formas que el régimen anterior a éste nos heredó para disputar el poder social; esos organismos y esas formas ya no corresponden a la realidad actual y sobre todo a la realidad que pensamos construir quienes en el 2018 votamos por AMLO y hoy consideramos que la 4T debe avanzar para darle mayor poder de decisión a las mayorías del país. Es cierto, impulsar hoy una reforma electoral profunda debe de ser una tarea estatal (de todo el Estado) genérica, de tal forma que esa reforma sea apoyada por los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) que componen al Estado, y que también sea una reforma que deje atrás las viejas formas caducas y fraudulentas del pasado, anulando de paso al instituto (el INE/IFE) que le dio cobijo a los múltiples procesos electorales en donde predominó el fraude y los malos manejos de la voluntad popular. No es poco, es cierto, lo que el Estado, hoy, tiene que modificar. Pero, sin duda, tiene facultades y razones para promover el cambio paulatino que implica la reforma que también desde hoy habría que impulsar.

Ya no hay tiempo para pensarlo. Quienes hoy se opongan a la reforma mencionada, son quienes quieren no sólo quedarse atrás, sino más que nada son proclives a que, el sistema corrupto del pasado, siga dominando a la endeble sociedad a la que tanto explotó, tal y como lo manifestaron en su desplegado los niños bonitos de la pequeña burguesía ilustrada.

El Estado, pues, tiene la palabra.

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