ISEGORÍA

SERGIO GÓMEZ MONTERO / LA OPINIÓN DE MÉXICO

El poder, el yo y los otros

“Todo estaba calculado. Un hombre retuerce un mechón de tu cabello sin más razón R. D. Betts: “Al final de la vida, un secreto”

A la hora de mandar, como lo demanda toda tarea de poder o gobernanza, la toma de decisiones requiere, dicen los libros sobre la materia, que el sujeto se despoje del yo y actúe siempre pensando en los otros. Ese paso del yo al otro, es siempre una tarea difícil, pues el mando, por lo común, en términos de gobernanza se concentra en el yo y los otros tienden a desaparecer así del panorama (aunque no sean necesariamente enemigos), más aún cuando, como hoy, en el caso del gobierno de este país, existe una tendencia hacia el yo muy marcada, quizá porque las realidades a las que ha sido necesario enfrentar –la sindemia nuestra, de todos los días– no han permitido que, por el ejemplo, el gobierno colegiado (que sería un paso necesario del gobernar para los otros) del país se concrete, pues hasta hoy las mañaneras han borrado a la toma de decisiones (de los sabios, de los que saben) en conjunto, Por ejemplo: ¿en dónde está el gabinete, más allá del ejército y la marina?

Pero no sólo eso, hoy, estos días, el yo vuelve a adquirir relevancia manifiesta en la medida en que el partido, Morena, tiende a desaparecer a la hora de nombrar candidatos a puestos de elección popular, toda vez que será, cada vez de manera más clara, la “encuesta dedóloga” la que decidirá el quién sí y quién no le entrará a la competencia el próximo junio, echando así por tierra todo ejercicio de consenso dentro de la organización partidaria que se supone debiera ser la encargada de llevar a cabo, luego de un ejercicio con los otros, dicha tarea de nominación, lo que hoy, como antes, dentro de Morena ha quedado sólo como una simulación burda y sin sentido (¿ése fue el acuerdo que hubo entre Palacio Nacional y Mario Delgado para dirigir al partido?)

Esa lucha, pues, entre el yo y los otros a la hora de gobernar, en el caso nuestro, se hace cada vez más sensible, entre otras cosas porque las organizaciones colchón (no partidos políticos necesariamente) hoy no existen, se encuentran virtualmente desaparecidas (por desinterés, por compraventa, por desconocimiento de causa ya no hay las llamadas organizaciones civiles, esenciales en democracias como la nuestra) y de esta manera la gobernanza del yo se ha impuesto así a los otros, que sólo existen a través del voto que se ejerce, en el mejor de los casos, cada tres años, y cuyos candidatos fueron previamente seleccionados por el gran dedo elector. ¿A quién entonces, así, le puede interesar la gobernanza del país?

Lo más triste de todo es que no hay hoy oposición al yo: la oposición política al gobierno se centra casi única y exclusivamente en tratar, de manera inútil, en descalificar al yo, sin entender que así lo fortalecen, pues eso sólo sirve para magnificar su presencia, ya que el yo presidencial se convierte en mártir al que todos defendemos y nunca aparece el gobernante que no ha sabido vencer al yo y cuyo mandato, por ende, es endeble, se presta a la crítica continua y tiene altibajos de muy diferente naturaleza.

Es obvio, creo, si las premisas de este escrito no fallan, que en un plazo no lejano se comenzarán a ver, con crudeza, las debilidades del yo en la gobernanza del país.

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