InicioReportajes EspecialesNarcotráficoLA DESAPARICIÓN DE MARK KILROY (2/4 PARTES)

LA DESAPARICIÓN DE MARK KILROY (2/4 PARTES)

* Cientos de jóvenes que abarrotaban la fronteriza ciudad, divertirse hasta el hartazgo en un  sitio donde el trago, la droga, las chicas y las diversiones salían mucho más baratas que en su país

Redacción/ Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / Sol Campeche/ La Opinión de México

Hacia 1987, el trasiego de droga hacia los Estados Unidos se había incrementado considerablemente y los cárteles comenzaron a cimentarse, aunque Adolfo y su gente no pasaban de ser un grupo más de narcotraficantes menores, que introducían a la Unión Americana unos cuantos kilos de mariguana.

Su negocio principal era la Santería, por la “protección” que vendían a sus encumbrados clientes.

Ese mismo año, Constanzo conoció en la ciudad de Matamoros a Sara María Aldrete Villarreal, sobrina del entonces gobernador de Tamaulipas Américo Villarreal Guerra, a la que conquistó, la convirtió a la Santería, la hizo su amante y su mano derecha.

Es cuando decidieron aposentarse en la ciudad de Matamoros, se le conoció a Sara como “La Sacerdotisa”, después como “La Concubina del Diablo” y finalmente como “La Narcosatánica”, toda vez que tomaba activa participación en todos los rituales con sacrificios humanos.

Bajo esa torcida religión, Adolfo de Jesús va ganando adeptos, sumando a su banda a Alvaro de León Valdéz, “El Duby”; David Serna Valdéz, “La Coqueta”; Martín Quintana Ramírez y Omar Orea Ochoa, que además de ser sus cómplices y subalternos, también eran sus amantes, dada la homosexualidad de su jefe.

También ingresaron al grupo Sergio Martínez Salinas, Darío Reyes y los hermanos Serafín y Elio Hernández, que formarían la cúpula de la secta.

Para que las “limpias», hechizos, curas, sanamientos, amuletos, fetiches y demás, pudieran surtir efecto, Adolfo de Jesús advertía que eran necesarios sacrificios no sólo de animales sino de seres humanos, a lo que la exclusiva clientela que  acudía al rancho Santa Elena, no ponía reparos.

De esa manera, fueron registrándose frecuentes desapariciones de jóvenes de ambos sexos durante más de dos años, a los que escogían al azar, lo que hacía más difícil su localización, pese a las denuncias presentadas, ya que en los crímenes no se detectaba el presunto móvil.

Ninguna de las víctimas representaba importancia alguna para las autoridades y como ya se rumoraba que en los rituales participaban personajes encumbrados, el gobierno estatal prefería mantenerse al margen.

Su error, fue el haber secuestrado, también al azae, a un estudiante norteamericano que, junto con varios amigos, había llegado a la ciudad fronteriza para divertirse en grande el resto de sus vacaciones y después regresar a su país.

En marzo de 1989, Mark Kilroy, de 17 años, estudiante de la Universidad de Texas en Austin, llegó a Matamoros junto con sus compañeros Bradley Moore, Bill Huddleston y Brent Martin.

El plan era el mismo de cientos de jóvenes que abarrotaban la fronteriza ciudad, divertirse hasta el hartazgo en un  sitio donde el trago, la droga, las chicas y las diversiones salían mucho más baratas que en su país, además de que no había las mismas restricciones.

La juerga del viernes 17 se prolongó hasta la madrugada del sábado. A las 02:00 horas la gente comenzó a retirarse y los cuatro amigos, con una soberbia guarapeta, dieron por terminada la fiesta, salieron del tugurio y se dirigieron a su hotel.

Tambaleantes, se unieron a la procesión de muchachos que se dirigía hacia el puente que marca la frontera entre México y Estados Unidos; Bill se detuvo en oscuro callejón para orinar y vio como Mark caminaba entre la gente y hablaba con un tipo de aspecto mexicano.

El individuo en cuestión, se sabría posteriormente, era Sergio Martínez Salinas, uno de los miembros del grupo de Constanzo. Mientras tanto, Bill alcanzó a Bradley y a Brent que caminaban adelante y esperaron a Mark que se había rezagado.

Pasaron los minutos y como su amigo no llegaba, se regresaron y preguntaron por él. Otros jóvenes les dijeron que lo habían subido a una camioneta, donde viajaban otros hombres más y desaparecieron velozmente.

A la mañana siguiente, en Matamoros, notificaron su desaparición en el consulado estadounidense. Después llamaron a los padres de Mark en Santa Fe, Helen y Jim Kilroy, a quienes dijeron que su hijo se había perdido en México.

La desaparición del estudiante, que provenía de una familia con influencias políticas en el vecino país, obligó a las autoridades a agilizar sus investigaciones y fue entonces que comenzó una verdadera cacería de los culpables.

Sin embargo fue la casualidad y no una investigación, lo que ayudaría a los agentes federales a dar con el paradero del estudiante norteamericano y a poner al descubierto la demencial secta que llevaba, al menos, una veintena de sacrificios en honor a su amo y señor: Lucifer.

El comandante federal Juan Benítez Ayala, uno de los encargados de combatir el narcotráfico y participante en las pesquisas, dijo que habían implementado varios retenes de revisión, para detectar drogas, armamento, vehículos robados y tráfico de inmigrantes, entre otros ilícitos.

En uno de ellos, a las afueras de Valle Hermoso, detectaron el 9 de abril una camioneta que circulaba a alta velocidad y que no realizó el alto obligatorio para la revisión rutinaria. El conductor, lejos de detenerse, aceleró a fondo y en su huida se llevó los conos de seguridad y los mechones que señalaban el punto de revisión.

De inmediato se inició la persecución hasta llegar a la intercepción con la Carretera Rivereña, en donde la camioneta sospechosa dio vuelta para dirigirse a la ciudad de Reynosa, pero fue interceptada.

La unidad era conducida por David Serna Valdez, de 22 años de edad, “La Coqueta”; quien al llegar al punto conocido como “La Curva Texas”, ubicado en el kilómetro 39 de dicha carretera, se introdujo al rancho Santa Elena, donde fue asegurado.

Se inspeccionó el lugar y descubrieron un cargamento de 500 kilos de marihuana y armas de uso exclusivo para las Fuerzas Armadas, por lo que se le puso a disposición del Ministerio Público Federal junto con las evidencias.

Como resultado de los interrogatorios, David proporcionó datos que condujeron a la detención de Serafín y Elio Hernández, así como de Sergio Martínez.

Hasta ese momento se trataba sólo de un asunto de narcotráfico, relacionado con un aseguramiento de una cantidad menor de droga, ya que en ese tiempo los aseguramientos que no rebasaban la tonelada eran considerados irrelevantes.

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