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LA FALLIDA INVESTIGACIÓN ENCUBIERTA 

*Tres años después del desaguisado entre Osiel Cárdenas y los elementos de la DEA, un grupo de agentes de la PGR pretendieron, sin éxito, acorralar al cártel del Golfo y localizar a Osiel Cárdenas

*El 9 de marzo de 1999, un grupo armado vinculado con el cártel abrió fuego contra la oficina de una fiscalía investigadora en el municipio de Miguel Alemán, donde se indagaban varios crímenes ligados con el narcotráfico

Ricardo Ravelo/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Cuarta de seis partes)

Ciudad de México.- Tres años después del desaguisado entre Osiel y los elementos de la DEA, un grupo de agentes de la PGR pretendieron, sin éxito, realizar una investigación encubierta contra el cártel del Golfo y localizar a Osiel Cárdenas.

Aunque la encomienda de Gustavo Garza Martínez, Juan Remi Ortega Arellano, Norma Elsa Castillo Piñales y Eduardo Díaz Reyes al llegar a Reynosa la segunda semana de diciembre de 2002 era precisa, no pudieron cumplirla. Desaparecieron sin dejar rastro.

En un operativo combinado en el municipio de Miguel Alemán, elementos de la PGR y la Sedena agotaron todos los escenarios: buscaron los cuerpos en el río bravo, bajo lozas de cemento, en terrenos baldíos… y no encontraron nada.

De hecho, en esa investigación, todavía vigente, se reconstruye la ruta que siguieron los agentes: habían salido de la Ciudad de México con destino a Reynosa, donde se reportaron con el delegado de la PGR, Efrén Medina Marrufo, y con Jorge Rodríguez Almeida, delegado regional de la AFI, con quien mantuvieron comunicación.

Su misión: realizar una investigación entre el 11 y el 20 de diciembre. Partieron de Reynosa rumbo a Nuevo Laredo y en pleno trayecto desaparecieron. El 20 de diciembre dejaron de reportarse. Entonces empezó la búsqueda y las investigaciones.

Las indagaciones se centran en dos hipótesis: que otros agentes de la PGR, cómplices de Osiel, les “pusieron el dedo” y que en el municipio de Miguel Alemán los secuestraron sicarios del cártel, quienes los ejecutaron y se deshicieron de sus cuerpos. Existe una versión, nunca desmentida, de que los cuerpos fueron sepultados bajo planchas de cemento.

Ese clima de animadversión inquietaba a Osiel, le desagradaba esa vigilancia ommipresente, deseaba sacudirse el escrutinio de las corporaciones nacionales y estadunidenses. La confrontación con los agentes de la DEA en Tamaulipas sólo había provocado una escalada de violencia cada vez mayor. Sin embargo, ese año –1999– también fue clave para su consolidación como líder del cártel del Golfo.

Como jefe, Osiel tuvo que endurecer su mano contra sus enemigos, acicateado por las circunstancias. Aunque las policías estatales prácticamente se inclinaron hacia la protección de Osiel y las autoridades locales, por incapacidad o por complicidad, bajaron las manos frente a la violencia inducida por el cartel, éste comenzó a eliminar a sus adversarios y a quienes consideraba “traidores”, “un estorbo” o “un riesgo” para sus planes de expansión.

Sus prioridades estratégicas eran defender su territorio. Imponer su hegemonía. E inició la cacería:

El 9 de marzo de 1999, un grupo armado vinculado con el cártel abrió fuego contra la oficina de una fiscalía investigadora en el municipio de Miguel Alemán, donde se indagaban varios crímenes ligados con el narcotráfico.

Catorce días después, fue acribillado Hermenegildo Segovia, cuñado de Armando Meléndez, el publirrelacionista de grupos antagónicos al cártel del Golfo. La causa: que dicho sujeto estaba ejerciendo mucha presión ante la Procuraduría de Justicia del estado para aclarar el asesinato de Meléndez.

El 21 de abril los gatilleros del cártel ejecutaron a Gerardo Sepúlveda González, El Tucán, informante de la PGR y enemigo de El June. En octubre liquidaron a Minerva Cabello, también informante de la Procuraduría. Los sospechosos: El June y Osiel. Un mes después cayó el michoacano José Antonio García Orozco. Las investigaciones apuntaron hacia Gregorio Sauceda, El Caramuela, y el agente ministerial Ramiro Rangel, El Pelos.

Otoniel Muñoz Rodríguez, agente de la PJF, salvó la vida el 26 de febrero de 2000 luego al ser baleado por Juan García, sobrino de El June; la misma suerte corrió Jesús González, La Macana, luego de ser atacado por un grupo identificado con Zeferino Peña Cuchar, sustituto de El June en el municipio de Miguel Alemán.

Para conocer los movimientos de sus enemigos, Gregorio Sauceda, cabecilla del cartel en Reynosa, contaba con una red de espionaje que operaba a través del sistema de la empresa Teléfonos de México. El 8 de noviembre de 2000, Héctor Juárez Cavazos, empleado de esa compañía y contacto de Sauceda, cayó ejecutado. La razón: se había negado a realizar espionaje telefónico. Los autores, según las investigaciones, fueron El Pelos, Samuel Flores Borrego y Enrique Rejón, El Mamito. 

El poder de El June en Guardados de Abajo, su centro de operaciones, llevó la violencia y la impunidad al límite. En ese pueblo del municipio de Miguel Alemán el cártel se enseñoreaba y los pobladores protegían –y aún protegen– a los miembros del cártel del Golfo. Las ganancias generadas por el narco los habían beneficiado también a ellos, de ahí que resultaba vano el intento de hacerlos revelar cualquier secreto que pusiera en peligro la vida de sus protectores.

Niños, mujeres y adultos eran parte de esa red logística casi natural: lo mismo  servían de correo a los narcotraficantes al llevar y traer mensajes, o bien para alertarlos sobre los movimientos en el pueblo o sobre los rondines y operativos policiacos que se preparaban. Un alto mando de la AFI, quien participó en una misión antinarco en ese lugar, confesó: “La gente ventea el peligro y avisa. Utilizan señales y tienen sus propios códigos de comunicación. Por eso fracasaron muchos operativos nuestros”.

En Guardados de Abajo o en Miguel Alemán se mata hasta por gusto. En enero de 2001 un empleado de una maquiladora fue asesinado. El autor material fue identificado como Eduardo Ríos García, sobrino de El June. Lo había hecho sólo para saber qué se sentía matar.

Ese mismo mes también fue asesinado Héctor Cruz Barrera, El Cheto. Este sujeto tuvo una muerte dolorosa: fue quemado vivo por el grupo armado Los Zetas.

En la comunidad Guardados de Abajo, localizada al norte de Tamaulipas, se empezaron a conocer las relaciones de algunos hombres del poder con el narcotráfico, cuyos vínculos se extendieron hasta el gobierno del estado. Un hecho que llevó a las autoridades a relacionar a varios funcionarios con el grupo de Osiel fue el asesinato, en enero de 2002, del periodista Félix Alonso Fernández García. Este personaje dirigía el periódico Nueva Opción –antes había sido reportero del matutino El Heraldo, que circulaba en el municipio de Miguel Alemán y cuya propiedad se le atribuyó al exalcalde de esa demarcación, Raúl Antonio Rodríguez Barrera.

Rodríguez Barrera y su gente habían iniciado una persecución contra Fernández García, a quien veían como un reportero peligroso porque conocía los movimientos del narcotráfico y los vínculos de Rodríguez con el grupo de El June.

Y es que, en Nueva Opción Fernández García había publicado información sobre las presuntas ligas de Rodríguez Barrera con el narcotráfico, particularmente con la célula que comandaba El June.

De hecho, por la magnitud de la información que tenía en su poder y que se disponía a publicar, el periodista fue llamado a declarar a la UEDO para responder sobre las fotografías y documentos hallados en una casa del narcotraficante, así como para aclarar sobre los datos y evidencias que había divulgado en su periódico, y que aportaban elementos sobre la vinculación de Rodríguez Barrera con el narcotráfico.

Ese citatorio le valió amenazas a Fernández García, que se vio obligado a contratar guardaespaldas. Todo fue inútil: cuando salía de un restaurante cercano a la presidencia municipal fue ejecutado.

Lo mismo ocurrió con Saúl Antonio Martínez Gutiérrez, subdirector editorial de El Imparcial, cuyo cuerpo fue hallado el 24 de marzo de 2001 en las inmediaciones del río Bravo con cuatro balazos en la cabeza. Según las investigaciones, Martínez Gutiérrez había publicado información sobre los nexos de altos funcionarios del gobierno del estado con el narcotráfico.

El 11 de abril, luego de un fuerte operativo realizado en el territorio dominado por El June, este personaje fue detenido. Se le encontró escondido en un pasadizo secreto de su casa, la cual había sido cateada por el Ejército. Su lugar, sin embargo, fue ocupado por El Zefe, también relacionado con Rodríguez Barrera, quien sigue operando con absoluta impunidad.

Durante su etapa de consolidación, al cártel del Golfo se le atribuyeron unas 150 ejecuciones y por lo menos 200 desapariciones.

El brazo armado

Osiel Cárdenas Guillén se sabía vigilado por sus enemigos. Después del enfrentamiento con los agentes de la DEA, el narcotraficante no estaba dispuesto a enfrentar más sorpresas ni a poner en riesgo los planes de expansión del cartel. Su lógica lo llevaba a deshacerse de sus enemigos, eliminándolos. Intuía que si no lo hacía, él sería víctima de ellos.

Comenzó a pensar en la posibilidad de contar con un grupo fuerte, sólido, imbatible que conociera el manejo de las armas más sofisticadas; que estuviera adiestrado en la intervención de las comunicaciones y, lo fundamental, que conociera los movimientos y las estrategias de sus perseguidores: la PGR y el Ejército, para neutralizar sus operativos y evitar caer presos.

Concebida esa estrategia, sólo le restaba definir cómo reclutar elementos competentes, especializados en el peligro. Una idea le obsesionaba: ¿Cómo aglutinar en las filas del cártel del Golfo a un equipo armado que conociera y utilizara las mismas técnicas y tácticas de sus perseguidores? ¿A quien recurrir para llevar a cabo tan perverso plan?

Sólo el Ejército contaba con esos hombres. De hecho, hacía poco tiempo que había invertido parte de su presupuesto en la capacitación de un comando de elite que dominaba todas las disciplinas y las armas, adscrito a lo que más tarde se conoció como Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE). Su misión era actuar en situaciones extremas que pusieran en peligro la seguridad nacional del país.

Este grupo era el orgullo de la milicia: se le había dotado de los más amplios conocimientos y de valiosos secretos para el combate de las guerrillas y grupos subversivos, en el cuidado de instalaciones estratégicas del país en caso de peligro; no sólo eso: sus conocimientos y habilidades permitían a este valioso núcleo militar enfrentar hasta una guerra si fuesen requeridos.

 

En 1999, cuando el plan de militarizar la PGR estaba en desarrollo, se le solicitó a los altos mandos del Ejército Mexicano apoyar la lucha contra el narcotráfico, fenómeno que desde ese momento, y para justificar la intervención militar, era visto como un problema de seguridad nacional. De esta manera el gobierno mexicano también cumplía con los lineamientos de Washington.

 

Fue entonces cuando se dispuso que ese grupo de elite saliera de las filas del Ejército y se ocupara de la lucha contra el narcotráfico desde la FEADS, institución que había sustituido –sólo de nombre– al Instituto Nacional para el Combate a las Drogas (INCD), desaparecido poco después de la detención del general Jesús Gutiérrez Rebollo, a quien se le relacionó con Amado Carrillo Fuentes.

Pero mientras el gobierno de Ernesto Zedillo reforzaba con militares al endeble equipo de la FEADS, otro plan se urdía en territorio tamaulipeco: Osiel Cárdenas buscaba los contactos para hacerse de los servicios de ese ejército que le garantizara seguridad y poder.

–Necesito a exmilitares a mi servicio, que conozcan mejor que nadie todas las estrategias del Ejército –solía decir Osiel a sus colaboradores más cercanos, quienes dudaban de que ese ejército traicionara a sus jefes.  Pero el poder corruptor de Osiel pudo más que el honor y la lealtad de esos militares.

Según las investigaciones de la PGR, uno de los primeros contactos del capo para coptar a los militares fueron el teniente Antonio Quevedo –miembro del 21 Regimiento de Caballería de Nuevo Laredo–, el teniente Arturo Guzmán Decenas, conocido como Z1 –y que cayera en una balacera con el Ejército el 21 de noviembre de 2002–, y Óscar Guerrero Silva, El Winnie Pooh, exmiembro del agrupamiento de servicios generales del Estado Mayor de la Defensa Nacional, asesinado el 1 de febrero de 2001 en Nuevo León.

Atrapados por el cártel, estos personajes comenzaron a coptar, uno por uno, al equipo que la Sedena había enviado a la FEADS para reforzar la lucha contra el narcotráfico. Mediante ese frío cálculo, los “cañonazos” de miles de dólares comenzaron a doblegar paulatinamente a los militares, quienes empezaron a abandonar las filas del Ejército; algunos simplemente desertaron y desaparecieron; otros se dieron de baja en la milicia y pasaron a engrosar las filas del cártel del Golfo.

Al cabo de poco tiempo, alrededor de 30 militares de todas las jerarquías –tenientes y capitanes, entre otros– formaban parte de las filas del cártel. Protegido por ese cinturón de seguridad, Osiel comenzó relajarse, sabía que ese poderoso ejército podría llevarlo a la cúspide, se desvivía por él y, además, lo mantenía puntualmente informado sobre los movimientos de las tropas.

Se trataba del brazo armado más preparado que haya tenido un capo a su servicio en la historia del narcotráfico en México, distinguido por su pragmatismo, su capacidad operativa, su eficacia, la espectacularidad de sus acciones. Sus integrantes lo mismo repelían un ataque militar, que penetraban un reclusorio para liberar a sus cómplices.

Al gobierno no le resultó fácil detectar sus acciones. Tanto a la PGR como a la Sedena tardaron varios meses conocer los detalles de las operaciones del grupo militar armado que más tarde sería conocido como Los Zetas, nombre que el grupo tomó en honor de quien era considerado su líder, después de Osiel: Arturo Guzmán Decenas, Z1.

Cuando Los Zetas se hicieron presentes por sus operativos violentos en el país, la PGR difundió la lista, en el 2003, de sus integrantes: Mateo Díaz López (comandante Mateo), Sergio Enrique Ruiz Tlapanco (Tlapa), Lucio Hernández Lechuga (Luky), Braulio Arellano Domínguez (El Gonso), Isidro Lara Flores (El Colchón), Ismael Flores Téllez, Fernando López Trejo, Ismael Marino Ortega Galicia, Carlos Vera Calva, Ramón Ulises Carvajal Reyes (El Piojo), Alejandro Pérez Mancilla, Rubén Alejandro Valenzuela Zúñiga, Armando Flores Arreola, Arturo Muro González, Ernesto Zataraín Beliz (El Traca), José Ramón Dávila Cano (El Cholo), Prisciliano Ibarra Yepis.

También forman parte Rogelio Guerra Ramírez (El Guerra), Ignacio Mateo Laureano, Raúl Alberto Trejo Benavides (El Alvin), Luis Alberto Guerrero Reyes (Guerrero), Beto Guerrero Reyes, Óscar Guerrero Silva (Winnie Pooh) Heriberto Lazcano Lazcano (El Lazca). Galdino Mellado Cruz, Jesús Enrique Rejón Aguilar, Gonzalo Geresano Escribajo (El Quije), Omar Lormendez Pitalúa (Pita), Gustavo González Castro (Erótico), Flavio Méndez Santiago (El Amarillo), Daniel Enrique Márquez Aguilar (Chocotorro), Daniel Pérez Rojas (Cachetes), Eduardo Estrada González, Jaime González Durán (Hummer), Nabor López Reyes, Nabor Vargas García Debora, Mario Serrano Contreras (Marino), Jorge López (El Chuta), Eduardo Salvador López Lara y Efraín Teodoro (El Lepra).

Este grupo de hombres armados, según la descripción del titular de la SIEDO Santiago Vasconcelos, opera como un escuadrón de la muerte. Tienen casas de seguridad por todas partes, refugios en la sierra, en municipios y comunidades; disponen de armamento de alto poder, desde un rifle AK-47 –cuerno de chivo– hasta una bazuca o un lanzagranadas.

Poseen, además, el equipo más completo para detectar comunicaciones, intervenir teléfonos, escuchar conversaciones a larga distancia, así como una red de informantes y espías. Durante la persecución de Osiel Cárdenas por parte de un equipo especializado del Ejército, en realidad su accionar era poco efectivo: no había paso o plan que no estuviera detectado. Se trataba de una lucha entre iguales, entre grupos formados por la misma institución, con las mismas estrategias y con los mismos alcances.

Poseen, además, el equipo más completo para detectar comunicaciones, intervenir teléfonos, escuchar conversaciones a larga distancia, así como una red de informantes y espías. Antes de enrolarse en el narco, cuando perseguían al propio Osiel, su modo de operar era poco efectivo: cada contendiente conocía cómo se movía el contrario.

Sin embargo, pronto se convirtió en el grupo armado más poderoso del norte del país. Bastaba una orden de su jefe, Osiel, para que actuaran con toda saña: lo mismo “levantaban” a un enemigo, que lo ejecutaban, lo desaparecían o lo dejaban tirado en un paraje con el tiro de gracia, torturado, mutilado, sin ojos, sin testículos, sin lengua… Según la falta cometida, se aplicaba el castigo a la víctima.

Los propios jefes militares y la PGR han constatado el poderío de Los Zetas. En los operativos y cateos efectuados en diversas casas y refugios se han encontrado trajes protectores de químicos, filtros y máscaras antigás, aparatos de visión nocturna, scanners telefónicos, armas antiblindaje y granadas de fragmentación, como las que se utilizaron en la guerra de Vietnam.

Después de la muerte de varios de sus iniciadores, Los Zetas renovaron su cuerpo directivo. Ahora, los líderes son Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca; Cipriano Mendoza, El Remmy; Daniel Enrique Márquez, El Chocotorro; Ernesto  Zatarín Veliz, El Taca; Jaime González Durán, El Hummer      ; Efraín Teodoro Torres, El Efra o Z-14; Ismael Flores Téllez, Alberto Guisar Reyes y Cruz Galindo Mellado. Es en ese escenario donde surge la figura de Ezequiel Cárdenas Guillén, Tony tormenta, hermano de Osiel.

Con el soporte de estos soldados que actúan como autómatas cuando deben cumplir una orden para matar, Osiel se consolidó en la dirigencia del cártel del Golfo. Impelido por el vértigo del poder, amplió su desaforada carrera por conquistar nuevos territorios, con la complicidad de los hombres del poder, sobre todo en Tamaulipas.

Eran públicos y frecuentes los señalamientos hacia el gobernador Tomás Yarrington Ruvalcaba, a quien identificaban, dentro y fuera de México, como un protector de Osiel. Durante su sexenio –1999-2005–, el cártel del Golfo vivió su etapa de esplendor. Era escandalosa la forma en que lo narcos se paseaban por todo el estado en medio de escándalos que envolvían a varios de los altos funcionarios de la administración local. Sin embargo, nunca se le pudo comprobar nada, aunque su nombre no quedó libre de sospechas.

 

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