InicioNacionalLA PROLIFERACIÓN DE LAS CANTINAS EN MÉXICO

LA PROLIFERACIÓN DE LAS CANTINAS EN MÉXICO

*Se empezó a trabajar a nivel nacional, cuando en los Estados Unidos se preparaba el fin de la prohibición, de la cual quedaron entre otras muchas consecuencias, una fortísima industria del alcohol

*Junto con el gobierno se siguió haciendo campañas antialcohólicas al tiempo que se distribuía masivamente el alcohol

STAFF LA OPINIÓN DE MÉXICO
(Segunda de tres partes)

Ciudad de México.- En Jalisco, se dieron instrucciones para que los presidentes municipales evitaran que los billares estuvieran anexos a las cantinas.

Pero, según otros investigadores, las cantinas proliferaban ante la tolerancia de las autoridades a lo largo y ancho del territorio nacional, sin importar que el Congreso Antialcohólico recomendará que la embriaguez se considerara una agravante cuando el ebrio delinquiera, que se sancionará enérgicamente a los maestros que ingirieran bebidas alcohólicas y que se ordenara evitar por todos los medios que los ebrios permanecieran tirados en las calles.

Así, dicen Rodríguez y Elizondo, “en México se empezó a trabajar a nivel nacional, cuando en los Estados Unidos se preparaba el fin de la prohibición, de la cual quedaron entre otras muchas consecuencias, una fortísima industria del alcohol, la que junto con el gobierno siguió haciendo campañas antialcohólicas al tiempo que se distribuía masivamente el alcohol”.

La frontera mexicana fue siempre una zona permisiva, cuya popularidad variaba dependiendo de factores sociopolíticos en ambos países, pero sin duda las prohibiciones en EUA incrementaron el consumo y producción de bebidas alcohólicas en el lado mexicano.

Para promover negocios y empresas en este giro comercial se produjeron en la frontera diferentes tipos de postales publicitarias para anunciar cantinas, casinos, promocionando el consumo de alcohol como sinónimo de diversión.

Algunas tarjetas parodiaban o caricaturizaban a alcohólicos extremos, señoritas mexicanas o norteamericanas ebrias, tarros y botellas con mensajes alusivos, burros y cactus.

Era común el uso de doble sentido y otras tarjetas presentaban textos y hasta poemas promoviendo el consumo de alcohol.

Muchas tarjetas mostraban clientes felices en las desérticas y calurosas ciudades fronterizas mexicanas, las cuales usaron la venta de alcohol como atracción turística.

En la ciudad de México, libre de épocas realmente calurosas, no sólo se vendía alcohol, sino que comenzó a establecerse una costumbre que se hizo “ley”: la elaboración de las botanas, ahora verdaderos alardes gastronómicos, calificados así tal vez porque botana significa remiendo de los odres, taco de madera que tapa un agujero en los barriles o parche curativo.

La primera licencia para vender bebidas alcohólicas en la capital fue firmada por el Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, para la cantina “El Nivel”, construída en un predio bajo el cual están los restos de la pirámide de Tezcatlipoca y fundada -la cantina- en lo que fue la Real y Pontificia Universidad de México, a unos metros de Palacio Nacional.

El nombre lo inspiró el monumento hipsográfico dedicado a Enrico Martín, quien habría salvado de las inundaciones a la ciudad, que se daban con frecuencia aterradora por el crecimiento de los lagos y el desbordamiento de numerosos ríos ahora ya casi todos desaparecidos.

Enrico Martín fue cosmógrafo real, intérprete de la Inquisición, astrólogo y matemático hidráulico, cuya obra colosal del desagüe del Valle de México ocupó a 471,174 jornaleros, según el investigador Mauricio Mejía Castillo, del diario El Universal.

Ese monumento, que se puede admirar en el Zócalo capitalino, representa medidas puntuales que rigen a la metrópoli, ubica la posición exacta y establece hacia qué punto cardinal se encontraban los lagos que bañaban a la ciudad de México: Zumpango, al sur; San Cristóbal, poniente; Xochimilco, oriente y Tlalocan, norte.

Inicialmente la obra fue colocada en Moneda y Seminario, pero en 1924 fue movida hacia el Nacional Monte de Piedad.

La cantina más antigua de la ciudad de México fue inaugurada en 1872 y al paso del tiempo fue visitada por Presidentes, funcionarios, artistas, escritores, periodistas, deportistas, arqueólogos, militares, policías, estudiantes, quienes conversaban de sus problemas y sobre deportes, política y mujeres hermosas.

La historiadora Andrea Méndez dio a conocer que han sido diversos los adjetivos utilizados para designar a las cantinas; para algunos han sido sitios de redención y para otros de decadencia, “pero lo cierto es que la cantina es una herencia cultural vinculada con la historia y construcción de nuestra identidad como mexicanos”.

La señorita Méndez añadió en Internet que el concepto de cantina comenzó a evolucionar gracias al triunfo liberal en la guerra de Reforma; los liberales remataron los vinos de las bodegas de Maximiliano y de conservadores aliados, esto mejoró el surtido y la oferta e incrementó la “elegancia” de muchos establecimientos, ya que fueron decorados con objetos saqueados de las casas de los conservadores que fueron derrotados.

Agregó que el escritor mexicano Armando Jiménez, en su libro Picardía Mexicana, habla un poco sobre esta fundamental transición:
-Estos lujos tuvieron su efecto. Al poco tiempo cundieron en lugares céntricos, limpísimos salones con cantinero bien peinado y afeitado; los mostradores con barra de metal pulida a su pie; mesitas con cubierta de mármol; camareros que servían a la clientela con largos mandiles blancos, albeantes de limpieza.

Comenzaron a saborearse las bebidas compuestas con ingenio, en las que se mezclaban sabores diferentes para sacar una sobresaliente que era distinta. Así surgieron los cocktails, los high balls, los dracks, los mint juleps, etcétera.

Fue durante el Porfiriato cuando se consolidó el concepto de la cantina que conocemos hoy. Durante los primeros diez años del siglo XX, la ciudad de México contaba con un poco más de mil cantinas, y justo en esta época fue cuando se popularizó servir las famosas botanas.
La señorita Andrea Méndez comentó que aún existen algunas cantinas que han sobrevivido al paso del tiempo y ofrecen sus servicios hace más de cien años.

El Gallo de Oro inició el apogeo de la importación de productos europeos como el aceite de oliva, las alcaparras, las aceitunas sevillanas y los quesos, que fueron una novedosa botana.

El restaurante bar La Ópera se inauguró en 1876 por las hermanas francesas Boulangeot, quienes buscaban recrear la atmósfera y decoración de las cafeterías y confiterías parisinas de la época. En sus inicios, se ubicaba en el sitio que ahora ocupa la Torre Latinoamericana, pero fue tal la cantidad de gente que ocurría al lugar, que se mudaron a un sitio más amplio, donde se encuentra hasta la fecha: Avenida 5 de Mayo y Filomeno Mata.

Sus clientes más asiduos fueron Porfirio Díaz y José Ives Limantour, entre otras figuras del Porfiriato. Cuenta la leyenda que Emiliano Zapata y Pancho Villa pasaron por ahí y que el Centauro del Norte disparó su pistola, haciendo un hueco en el techo que aún se puede apreciar, aunque los historiadores concuerdan que al general no le gustaba el alcohol ni visitar cantinas, pero sigue siendo una historia interesante…

Y se dice que la cantina La Peninsular fue inaugurada en 1872 y que la cantora Lucha Villa se la vivía ahí en sus mejores tiempos. Hasta 1982 se permitió el ingreso de mujeres a este tipo de sitios y en La Peninsular circula una tarjeta que tiene impreso un “permiso legal” para hombres casados:
“Hago constar por la presente, que autorizo a mi pareja para que se divierta cuando quiera y pueda, beba hasta emborracharse, juegue y se distraiga con cuantas señoras y señoritas se le presenten.

Firman la señora y la suegra”. Está ubicada en Corregidora y Roldán.

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