MILLONARIOS VICTIMADOS

*Tres acaudalados septuagenarios fueron brutalmente agredidos en su descuidado palacete y ellos fallecieron durante el ataque: Ella fue acusada de doble fratricidio, porque no lloró en ningún momento…

 

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

 

(Primera de cuatro partes)

Ciudad de México.- Tres acaudalados septuagenarios fueron brutalmente agredidos en su descuidado palacete de la Ciudad de México y ellos fallecieron durante el ataque, ella fue acusada de doble fratricidio, porque no lloró en ningún momento… Cuando que le era imposible hacerlo porque había sido operada de los lacrimales.

En su juventud viajaron a Italia para ofrecer banquetes a un Papa y otros dignatarios eclesiásticos, y en España, vacacionaron en compañía de familiares, quienes fueron ausentándose paulatinamente, al paso de los años, no sin gozar de la riqueza aparentemente sin par de que hacían gala los hermanos María, Ángel y Miguel Villar Lledías.

Mexicanos, propietarios de numerosos inmuebles cuyas rentas cobraban en la capital y en provincia, los Villar Lledías jamás fueron avaros, en cada gira por el viejo Continente procuraban comprar cuadros valiosos, mármoles de Carrara, porcelana de Sevres con incrustaciones de oro, marfiles tallados en China, alhajas cuajadas de pedrería diversa, fistoles de platino, collares de esmeraldas y rubíes.

Pero llegó el tiempo de descansar y decidieron firmar un documento, para que el sobreviviente entregara la fortuna acumulada a las autoridades, siempre en beneficio de los niños mexicanos.

La enorme residencia, localizada en República de El Salvador 66, a unas cuantas calles de Palacio Nacional, resultó poco a poco demasiado grande para los tres, quienes tapiaron algunas habitaciones luego de guardar riquezas en el interior, para dedicarse a otras habitaciones enormes y centrales.

Los cajones de cedro y de caoba comenzaron a pandearse entonces ante el tesoro familiar, las maderas preciosas se vencían por el peso del oro y la plata y también por los rollos de billetes de diferentes denominaciones que los hermanos arrojaban como fuese, sin fijarse ya en donde caían.

Y es que los inquilinos de muchos edificios iban a pagar la renta puntualmente, los Villar envolvían el dinero en pañuelos o servilletas, les ponían una anotación con la fecha y el nombre del que pagaba las mensualidades, y a continuación, arrojaban el paquetito a donde mejor les pareciera, dentro de roperos, por ejemplo.

Ya no les interesaba el dinero, apenas la supervivencia. Si algún mueble dejaba caer el oro y la plata, lo dejaban cerrado con llave, para improvisar luego otra “alcancía”, porque los hermanos Villar no confiaban en los bancos.

Los intereses bancarios hubieran incrementado el caudal de los septuagenarios, quienes no gastaban más que lo estrictamente necesario, en ropa y alimento.

Cerca de su domicilio funcionaba un restaurante denominado “Principal”. Corría el año 1945. Allí compraban guisos diversos, y más tarde, adquirían leche y pan

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