OTRAS INQUISICIONES

*Santa Niña de Cabora

Pablo Cabañas Díaz/Sol Quintana Roo

Teresa Urrea, (1873-1906), nació en Ocoroni, Sinaloa, México, su padre, Tomás Urrea, próspero hacendado, la procreó al violar a su madre, una chica de 14 años que trabajaba en su hacienda. La mayoría de las referencias destacan que la madre de Teresa era indígena de origen yaqui. En una choza y sin ningún tipo de educación formal, Teresa creció con su mamá y tía, que trabajaban en el rancho de Tomás Urrea.

En 1889, a los 16 años de edad, Teresa mejoró su posición social cuando fue a vivir al rancho de su padre en Cabora, cerca de Álamos, entre los valles de los ríos Yaqui y Mayo, en Sonora, donde una sirvienta, apodada la Huila, la enseñó a curar varias enfermedades mediante hierbas. En ese mismo año, Teresa sufrió un ataque cataléptico que la puso en trance profundo por dos semanas. La familia, creyendo que había muerto, preparó su velorio, en cuyo transcurso Teresa despertó, lo cual creó gran conmoción entre los asistentes. Sus primeras palabras fueron que usaran el féretro para la Huila, porque moriría esa misma noche, lo que en efecto sucedió. Como resultado del ataque, Teresa comenzó a tener visiones y desarrolló una capacidad curativa. Estos poderes le permitieron ver las aflicciones de las personas y curarlas mediante una combinación de imposición de las manos, frotación del área afectada con una mezcla de tierra con su saliva —y en algunas ocasiones, con su propia sangre— y con remedios naturales. Se decía que de ella emanaba un sutil aroma de rosas y algunos intentaron recoger su sudor o lágrimas para usarlos como perfume.

Como Teresa consideraba que sus poderes eran dones divinos, no cobraba por el ejercicio de éstos, característica que se sumó a su carisma y espíritu personal. En tan sólo unos meses, miles de personas de todos los rincones del norte de México viajaron a Cabora para ser curados por Teresa, la Santa o Niña de Cabora.

No está claro si Teresa habló, de modo directo o no, en contra del gobierno porfirista, solo sabemos que sí se expresó en contra de la corrupción de la Iglesia e incitó a la gente a amar a Dios directamente sin tener que pagar a esta institución por su «dirección». Como la Iglesia estaba aliada con el gobierno porfirista, estos comentarios se interpretaron como herejía. Adicionalmente, dos grupos antagónicos, los indios mayos y la “gente de razónde Tomochic, invocaron su nombre y su imagen en sus protestas contra la opresión gubernamental. Los primeros atacaron el pueblo de Navojoa el 15 de mayo de 1892. Tomaron la plaza y mataron a varios oficiales en protesta por la discriminación y la explotación que sufrían por parte del gobierno y los hacendados.

Por otra parte, la rebelión de Tomochic consistió en una serie de escaramuzas sostenidas durante un año entre la “gente de razón” y el ejército federal. El pretexto inmediato para las hostilidades fue una pintura religiosa que el gobernador tomó sin autorización de la Iglesia. El gobierno porfirista atribuía la rebelión a la supuesta influencia e instigación de Teresa. En realidad, la gente de Tomochic buscó el apoyo de Teresa mucho después de empezados sus problemas con el gobierno federal. Después del primer ataque federal, en diciembre de 1891, los de Tomochic realizaron una peregrinación al rancho de Cabora para pedir la bendición de Teresa, acción que la comprometió directamente.

En diciembre de 1892, después de una larga contienda, el ejército masacró a la mayoría de la población y quemó el pueblo hasta sus cimientos. Después de que Teresa fue asociada a esas rebeliones, Porfirio Díaz, mandó arrestarla y expulsarla del país. El 19 de mayo de 1892, fue aprehendida y, sin juicio, fue exiliada a Estados Unidos, donde inicialmente residió en Nogales, Arizona, en una casa provista por sus seguidores. Allí, al igual que en todos los lugares donde radicó, Teresa continuó curando de manera gratuita a muchas personas, sobre todo mexicanos y mexicoamericanos. Algunos de esos pacientes fueron los abuelos de los chicanos de los años sesenta.

Aun en el exilio, Teresa continuó influyendo en su gente. En 1896 fue asociada, de nueva cuenta, a otra rebelión en Sonora. El 12 de agosto, indios yaquis asaltaron la aduana de Nogales, México, en contra del «mal gobierno”. Durante el ataque se oyó a los sediciosos gritar: «¡Viva la Santa de Cabora!». Además, entre las pertenencias de uno de los indios yaquis muertos en el ataque se encontró una foto de ella. Por otro lado, en la mente de algunos ciudadanos estadounidenses y mexicanos prevalecía la idea de que una mujer que era adorada por los yaquis y que aparentemente ejercía un control místico sobre este grupo incontrolable, debía de ser bruja. Aunque Teresa usaba sus poderes para el «sagrado» propósito de curar, se consideraba que los aplicaba para encantar a los temidos yaquis.

Después de los levantamientos y revueltas de finales del siglo XIX, Teresa se mudó al pueblo minero de Clifton, Arizona, donde en 1900 se enamoró del minero yaqui Guadalupe Rodríguez, con quien se casó. El matrimonio terminó al siguiente día, ya que Guadalupe, por órdenes del gobierno mexicano, trató de asesinarla. Unos meses más tarde, Teresa se trasladó de Clifton a California, para curar al hijo de un amigo. Allí fue contratada por una compañía médica para hacer una gira por Estados Unidos, durante la cual Teresa se casó con el hijo de uno de sus amigos anglosajones con quien tuvo dos hijas. Aunque al comienzo del viaje gozó de éxito, al salir de las áreas de influencia del sur de la frontera de Estados Unidos, la gente dejó de consultarla. La compañía regresó de Nueva York a Los Angeles en bancarrota, por lo que Teresa dio por terminado el contrato. Poco tiempo después regresó a Clifton, donde construyó un hospital con el dinero obtenido en esta gira y pasó los últimos tres años de su vida curando gente. En 1906 murió de tuberculosis, a los 33 años de edad. Las personas que la conocieron o la trataron mencionan que su espíritu se había agotado.

Más leído
HOY ESCRIBE
Relacionados