OTRAS INQUISICIONES

PABLO CABAÑAS DÍAZ / LA OPINIÓN DE MÉXICO

Anécdotas del poder:  Crimen, impunidad y poder

El seis de octubre de 1978 ocurrió en la Ciudad de México una desagradable noticia: Gilberto Flores Muñoz, de 72 años, y su esposa Asunción Izquierdo de 65, habían sido asesinados a machetazos en su casa de la lujosa colonia Lomas de Chapultepec. Flores Muñoz fue gobernador de Nayarit y al momento su homicidio era el director de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera. Los primeros informes señalaban que la pareja tenía las marcas en sus cuerpos de haber sido liquidada por al menos dos personas cerca de la medianoche, cada uno recibió entre seis y ocho machetazos en la cara y el cuello.

Los primeros informes señalaban que la pareja había sido asesinada por al menos dos personas cerca de la medianoche, cada uno recibió entre seis y ocho machetazos en la cara y el cuello.

“No puedo creer la saña con la que fueron asesinados mis abuelos, a los dos les cortaron el cuello”, declaró a la prensa su nieto Gilberto Flores Alavés. Un día después había once detenidos, y las investigaciones arrojaron que el día del crimen la pareja no estaba sola, los había acompañado sus cuatro nietos: Alfonso, Alicia, Gilberto y Patricia; los dos empleados señalados al principio como sospechosos, dos empleadas domésticas y el vigilante.

De los cuatro nietos, era uno solo el que había caído en contradicciones Gilberto, quien había mostrado confusión sobre la ropa que vestía el día del crimen, por lo que la policía buscó a los amigos con los que aseguró que había estado esa noche, quienes confirmaron que lo habían dejado en la casa de sus abuelos en la calle Palmas de las Lomas de Chapultepec.

Luego de catear la casa, la policía encontró en el armario de uno de los cuartos la ropa de Gilberto ensangrentada, ante lo cual no le quedó más que declararse culpable. “Lo hice motivado por una enfermedad mental”, dijo a los periodistas Flores Alavés, cuando un reportero le preguntó si “estaba loco”, él contestó “no, cómo, de ninguna manera”.

En 1978, Gilberto tenía 22 años, estudiaba derecho, en sus declaraciones posteriores aseguró que no recordaba nada y se declaró inocente. Cuatro años después de su detención fue sentenciado a 28 años de cárcel, a pesar de que su defensa argumentó que los desórdenes mentales de su cliente lo eximían legalmente de cualquier responsabilidad.

Gilberto salió libre, en 2011, en ese año señaló a la revista Proceso que fue víctima de una “conjura” en la que participaron jefes policíacos cuya consigna era hundirlo a toda costa. Aseguró que no guarda rencores y anunció el inicio de una campaña política reivindicativa de él y su familia en Nayarit.

Cuatro años después de obtener su libertad, Gilberto ascendía  de manera asombrosa, era increíble que lo que sucedía, en la esfera política, el 26 de octubre del 2015, quien había asesinado a sus abuelos era nombrado delegado especial del PRI en Nayarit. Este nombramiento se daba gracias al poder de su familia y al apoyo que le había brindado el entonces gobernador Roberto Sandoval. Sandoval, quien no puso objeción a su nombramiento. Sandoval también apuntaló a otros personajes siniestros entre ellos a Edgard Veytia quien fue procesado en Estados Unidos, por la jueza federal Carol Bagley Amon, a 20 años de prisión por delitos relacionados con el narcotráfico. No había problema alguno en el Nayarit de Sandoval con el pasado de su equipo cercano. Todos vivían bajo la idea de que el crimen no se castiga. Un hecho que destaca en el nombramiento de Gilberto , fue que la primera senadora de México, Alicia Arellano Tapia, con quien su familia mantiene lazos de amistad desde hace más de 50 años, le dio el visto bueno para ese cargo.

Si lo anterior, nos parece increíble, una anécdota destaca los usos que se hacían del poder en México en el siglo XX. Según Gilberto a principios del año de 1989 fue llamado a la dirección de la entonces Penitenciaría del Distrito Federal y el director, desmañanado, – de acuerdo con su narración- lo esperaba en su escritorio. No. No me dijo ni los buenos días. Me señaló el teléfono y me dijo, “conteste”.

Advertí su desconcierto y no pregunté. Tomé la bocina. Con voz suave pero contundente, habló.

¿Qué tal Gilberto?, Jacobo Zabludovsky. Te van a hacer un traslado. Y nos veremos en privado. Está todo arreglado. Claro, si tú aceptas. Solo lo inquirí si el permiso de externación lo iba a firmar el director. Me replicó apresurado:

¡Ya hablé con el presidente Salinas! ¿De acuerdo?

Mi respuesta fue directa:

Sí, señor.

Mi traslado fue en la famosa “perrera”, esposado y con un dispositivo de seguridad suficiente, pero no ostentoso. Llegamos directamente a una residencia. Lo supuse, cuando ya el portón estaba cerrado. Abrieron la puerta trasera del camión “blindado” y bajé escoltado por cuatro guardias.

Me esperaba en la puerta, erecto, con un suéter. Me extendió la mano – aunque tuvo que darme las dos, puesto que las esposas me impedían –. Ordenó que me desposaran.

Los guardias se quedaron “fríos ante la presencia del señor”. No contestaban. Zabludovky arremetió:

¿Quieren que le hable al presidente?; voy por mi celular – era un ladrillo, pero lo último, en comunicaciones, de aquel entonces -.

Accedieron, los guardias. Caminamos rumbo a una pequeña oficina. Cerró la puerta. Los dejó afuera. Nos sentamos a charlar por horas.

En esa intensa conversación pasé por todos los estados de ánimo. Terminamos con una sonrisa.

Lo único que puedo decir es que me advirtió que estaban presurosos escritores, periodistas nacionales e internacionales para “hacer mi historia en un libro”. Terminó la plática con este mensaje:

No te lo aconsejo en este momento -.

No es momento de explicaciones. Lo más importante es que eres un joven valioso y tienes derecho a vivir una nueva vida. Piensa en que lo sobrepasaste admirablemente. Y tienes una gran oportunidad como ser humano. ¡Aprovéchala! Sé que eres inquieto con la pluma. Puedes escribir “algo”, pero que tú cuentes, sin que sea tú historia. Me abrazó. Inhaló profundo y me llevó – ya esposado – hasta la puerta de la “perrera”.

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