ISLAS MARÍAS

EL INFIERNO-PARAÍSO

*En medio de terrible sensación de destierro definitivo, alaridos de reos columpiados como señuelo de tiburones, acordes vespertinos de melancólicas guitarras, antiguas torturas, leyenda de presos “políticos” y una que otra fuga “imposible”

Corresponsalías Nacionales/La Opinión de México

Ciudad de México.— En medio de terrible sensación de destierro definitivo, alaridos de reos columpiados como señuelo de tiburones, acordes vespertinos de melancólicas guitarras, antiguas torturas, leyenda de presos “políticos” y una que otra fuga “imposible”, el centenario penal de las Islas Marías es calificado aún como el infierno-paraíso.

Los datos nos fueron entregados por el licenciado Javier Piña y Palacios, destacado elemento de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, pues afirmaba, “el material reunido desde 1932 a 1970, puede ser aprovechado por algún estudioso”.

Descubiertas a fines de 1526 o principios de 1527, por los conquistadores Diego García de Colio y Juan de Villagómez, fueron denominadas “San Juanito”, “María Madre”, “María Magdalena”, y “María Cleofas”.

Nadie pudo imaginar que se explotarían sus riquezas y finalmente, el 5 de mayo de 1862, (Ignacio Zaragoza y sus hombres vencieron a los franceses en la histórica batalla de Puebla), mediante acta notarial, el general José López Uraga, fue declarado propietario de las Islas Marías supuestamente para corresponder y remunerar los buenos servicios “que había prestado a la Nación en todas las épocas de su carrera y en todos los empleos que sirvió”.

Javier Piña y Palacios, excelente investigador, añadió: “la Nación hizo gracia y donación pura, perfecta e irrevocable entre vivos, para siempre jamás al mismo general López Uraga, a sus herederos y sucesores, de las Islas Marías, entregándoselas libre de todo gravamen y responsabilidad”.

Obviamente, no sabía que aquellas islas albergarían a una de las religiosas más famosas de México, Concepción Acevedo y de la Llata, mejor conocida como “La Madre Conchita”, torturada como sospechosa en el asesinato del general Álvaro Obregón y calificada como una “mártir de México” por un Papa.

Ignoraba el general López que también acogerían las Islas Marías al supuesto asesino de 130 inocentes, a quienes habría ametrallado en León, Guanajuato en el año 1946. El cínico homicida —se jura que sólo mató a dos personas, a traición, con arma blanca —, era auto publicista y se presentaba en las conferencias de prensa como “asesino y servidor”. Fue eliminado a golpes de hacha en el penal del Pacífico.

Y otro criminal célebre fue el luchador “Pancho” Valentino quien, temeroso de ser victimado en venganza por alevoso crimen en perjuicio de un sacerdote de la ciudad de México, construyó pacientemente una casa en elevado árbol, a la que tenía acceso mediante larga escala de madera y sogas, que por las noches retiraba para protegerse. De estos interesantes asuntos daremos cuenta detallada en varios capítulos.

Decíamos que el general José López Uraga sirvió luego al Imperio y todas sus propiedades fueron confiscadas en beneficio de la Nación. Habiéndose acogido a la Ley de Amnistía, dictada por el Presidente Juárez con fecha 14 de octubre de 1870, por medio de la cual se ordenaba que se devolvieran desde luego a los interesados, los bienes embargados o confiscados en el estado que se hallaran, siempre que no estuvieran enajenados, “el gobierno ordenó que la Tesorería de la Nación devolviera las fincas secuestradas a José López Uraga y tal devolución se hizo efectiva en agosto de 1878.

En San Francisco, California, el 17 de julio de 1879, el general vendió al residente de San Blas Estado de Jalisco, Manuel Carpena, su propiedad de las Islas Marías en “cuarenta y cinco mil pesos mexicanos del águila, del peso y ley a que entonces se acuñaban en la casa principal de monedas de la República”. Manuel Carpena y su familia explotaron las islas, trabajando las salinas, sacando maderas preciosas y dedicando tierras a la cría del ganado vacuno. Años más tarde, la señora Gila Azcona viuda de Carpena, como albacea de la testamentaría de Manuel Carpena, hizo gestiones para vender las Islas Marías al gobierno federal.

En enero de 1905, la Nación recuperó la propiedad de las islas con los islotes y arrecifes que las circundan, en la suma de $150,000.00, que la Tesorería entregó por parte.

Desde que el Gobierno Federal volvió a entrar en posesión de las islas, comenzaron a hacerse los preparativos para convertir la mayor de ellas en Colonia Penal. El 12 de mayo de 1905, por decreto del Presidente de la República, Porfirio Díaz Mori, las Islas Marías se destinaron al establecimiento de la colonia penitenciaria. Y el 22 de mayo de ese mismo año, entró en posesión de las Islas la Secretaría de Gobernación, de la cual dependen desde entonces.

Y se dijo que mientras la transportación no se aplicara más que a los delincuentes de orden común objeto de la ley de 15 de diciembre de 1903, la Constitución en nada se oponía a ello porque, tal como asegura el investigador Piña y Palacios: “había que librarse a nuestra culta Capital de todo ese mundo de gentes de mal vivir (rufianes, prostitutas escandalosas, vagos, encubridores, mendigos válidos, robachicos, alcoholistas consuetudinarios escandalosos), mundo que engendra e incuba a los más temibles criminales, donde se conciertan los más atroces desafueros y ante el cual a menudo fracasan las más hábiles y empeñosas gestiones de la policía de todos los países en su lucha contra el vicio y contra el delito”.

Y además porque el elemento femenino según afirma: “en las Colonias penales, si éstas cuentan con una sabia organización interior, es un factor que si no se moraliza cuando se recluta principalmente en las capas más bajas y abyectas de la sociedad, al menos contribuye a impedir que la población masculina de las propias Colonias caiga en las peores abominaciones, en los más repugnantes extravíos del sentido genésico”.

El diputado Querido Moheno, dijo en su oportunidad que “(…) al aplicar la transportación a los méndigos válidos establece una distinción, según que el mendigo ejerza la mendicidad por sí mismo o valiéndose de un menor que no tenga con el mendigo ninguno de los grados de parentesco que reconoce la ley, distinción que tiende a agravar la condición de esa clase de malhechores que el lenguaje corriente designa con el mote de robachicos, criminales los más abominables de todos únicos a quienes yo, antiguo partidario de la Pena de Muerte y actual adversario de ella, vería con satisfacción que se les aplicara sistemáticamente (…)”.

(…) Si la gravedad del delito está en razón de la lesión que infiere al sentimiento, el hecho de substraer un niño indefenso a los cuidados y al afecto paterno, es el de frustrarle un porvenir acaso brillante, el de defraudarle las mil satisfacciones que representan los años de la infancia, pasados en el hogar, para mutilarlo físicamente y moralmente con el propósito de mover a piedad los corazones, el de causar a los padres el dolor infinito de arrebatarles el objeto de toda su ternura para ahogarlo en el estercolero de la indigencia y del vicio, es sin duda el más atroz de los crímenes.

Y yo pienso que, mientras la ley no provea a la destrucción de esas hienas, el Proyecto ha de contar en esa parte con el voto de los padres de familia. Y creo que es oportuno recordar las frases de Concepción Arenal, tan interiorizada del mundo mendicante: “De la indignidad y de la vileza del mendigo que lo es de profesión, difícilmente puede formarse idea quien no lo haya observado”— concluyó el diputado Querido Moheno.

En sus apuntes, el licenciado Javier Piña y Palacios añadió que el presidente electo, general Álvaro Obregón, es asesinado en el restaurante de La Bombilla, en San Ángel, por José de León Toral, en vísperas de tomar posesión, nuevamente de la Presidencia de la República. Esto cambia el panorama político de México. El Presidente Calles, a principios de noviembre de 1928 y a solicitud del general Francisco J. Múgica, lo nombra director de la colonia penal de Las Islas Marías.

Con motivo de la llamada “Rebelión Cristera” el gobierno de Calles ideó un recurso para amedrentar a los católicos: enviarlos a las Islas Marías. Del 29 de mayo de 1927 al 24 de julio del mismo año, permaneció en esa Colonia un grupo de 13 católicos.

Uno de ellos escribió que la costumbre ahí era de trabajar desde las 4 de la mañana hasta las 6 de la tarde, sin mencionar los extras que diariamente se ofrecían.

Y así, Piña y Palacios lo detalla: “Hay una cárcel El Relámpago, que consiste en tratarlos más duramente, hacer trabajar más tiempo seguido y hasta en la noche, hacerles cargar piedra y adobes en mayor cantidad con la consigna de pegarles aunque no haya motivo. Hay otro suplicio llamado El Bramadero, que consiste en colgar al individuo de los dedos gordos de las manos a un árbol y darle azotes hasta dejarlo sin sentido…

“Si al trabajo excesivo agregamos las circunstancias del calor insoportable, del hambre devoradora, la falta de reposo, la incertidumbre del tiempo que duraríamos, la posibilidad de una enfermedad que podía llevarnos al panteón o al lazareto, la incomunicación con los nuestros, la humillación, la tiranía absoluta, aún de noche teníamos guardias. Yo solo decía en mis cartas, -estoy bien, me han tratado con muchas consideraciones–, aunque la carta fuera escrita con lágrimas y sangre. La tristeza era disipada con las alegres canciones que cantábamos en las noches de luna, en que nos sentábamos en las afueras de la barraca a conversar”, dijo aquel católico.

(El posteriormente director de la Policía Judicial del Distrito, Jesús Antonio Sam López, reconoció que en los sesentas, que cuando algún “colono” se resistía a cumplir con la disciplina establecida, entonces se le llevaba a un tratamiento especial, que ahora habría bastado para la consignación penal de los torturadores).

La agresión salvaje consistía en colgar con sogas al indisciplinado y columpiarlo en sitios adecuados, donde el agua era más o menos transparente y se veían llegar enormes tiburones, los llamados guardianes gratuitos de las Islas Marías. Cuando los escualos se lanzaban contra el señuelo humano, era jalado con poleas mientras el infortunado lanzaba gritos de terror, pues algunos tiburones saltaban como delfines, pero con espantosas hileras de dientes al descubierto. El licenciado Jesús Antonio Sam López fue director de las Islas Marías. Al parecer, no hubo ninguna baja entre los indisciplinados, durante el “entretenimiento” de sus “muchachos”.

En 1928, el titular de la Colonia penal recibió el 15 de abril un telegrama del Ejecutivo que rezaba: “Ejecutivo mi cargo propósito mandar Islas Marías algunas de las mujeres recluídas en la Penitenciaría de esa ciudad y la de Guadalajara, a quienes a comprobádoseles que son agentes rebeldes y hacen viajes a su campo llevándoles provisiones boca y guerra. Sírvase usted estudiar construcción unos cobertizos, a ser posible en una de las Islas que no estén actualmente ocupadas, indicándome costo aproximado objeto autorizar gasto respectivo”.

El director contestó: “Refiérome suyo respetable 18 recibido hoy contesta el general Múgica el 19, alojamientos Colonia completamente limitados e inadecuados para objeto indícame. Sólo provisionalmente podríanse colocar, mientras se construyen locales a propósito, señoras. Por separado enviaré presupuesto gastos. De cualquier manera y no obstante los serios problemas que se me originarán en la Colonia con elemento femenino, puede el Supremo Gobierno ordenar su remisión en la inteligencia de que procuraré salvar dificultades, ya que exígelo así pacificación del País”.

El mismo día contestó el Ejecutivo: “Sírvase usted ordenar desde luego se acondicione debidamente uno de los pabellones de la Colonia Penal a su cargo para recibir a sesenta mujeres que se enviarán en estos días de esta capital complicados en propaganda de los fanáticos dándome cuenta en esta vía”.

Piña y Palacios afirma en sus escritos: “El 15 de mayo: Me honro en comunicar a usted haber quedado instalado elemento femenino aprovechando algunas residencias particulares, pues material para campamento aún no llega. Permítome insistir sobre el envío del Guaymas a mi disposición y de la fuerza de Inválidos, pues es muy escaso el personal”.

Una de las señoritas enviadas a las Islas Marías contó: “(…) en el segundo tercio del mes de abril de 1929, fui conducida con muchas señoras respetables y señoritas, sin que mediara acusación, ni se observara en el procedimiento ninguna de las formas legales, a la Inspección de Policía primero y después a la Penitenciaría. Desde el día veinte de abril comenzó a circular la noticia de que todas las personas aprehendidas, sin distinción de sexo o edad (hay que anotar que hasta entonces jamás habían ido mujeres a las Islas Marías), serían deportadas a las Islas Marías y esta noticia consternó a nuestras familias y causó honda sensación en toda la sociedad. Éramos ochenta y tantas damas y ciento cincuenta varones…

“Durante nuestro encierro en la Inspección de Policía y en la Penitenciaría estuvimos incomunicadas. En la Penitenciaría comíamos rancho de los presos: pan duro, sopa, frijoles y café muy mal condimentado. Nos levantábamos a las cinco, pasaban lista, recibíamos nuestro rancho y nos recluían en nuestras celdas, que permanecían abiertas hasta las seis de la tarde, hora en que se nos encerraba y se ponían cerrojos en las puertas.

“Ya encerradas rezábamos y cantábamos y nunca se nos molestó por esto. Las reclusas por crímenes nos decían que tenían orden de molestarnos, y las celadoras nos decían que más nos hubiera valido ir a dar a la Penitenciaría por otro motivo. No nos dejaban ir a las conferencias que una vez por semana se dan a los presos, después supimos que era porque en ellas se trataba de arrancar a los presos la idea de Dios.

“En la madrugada del día ocho de mayo nos sacaron a deshora de nuestra prisión: empezaba la travesía de las Islas. Como nada sabíamos ni nosotros, ni mucho menos nuestras familias, no llevábamos más equipaje que la ropa que teníamos puesta, ni tuvimos más dinero que el que la caridad de algunos de los mismos soldados que nos custodiaban puso en nuestras manos,

“El tren estaba formado por una docena de carros de carga, en uno de ellos, que había conducido carbón, nos colocaron a las mujeres, en otro a los hombres, los demás fueron ocupados por soldados, aquellos eran un ejército.

“El ferrocarril partió a las 4 de la mañana. No se detenía jamás en lugares poblados. El primer día de nuestro viaje nos dieron un pedazo de pan con carne y frijoles ya descompuestos que no pudimos comer, el segundo día ya no nos dieron nada.

“Llegamos por fin a Manzanillo”. Eran como las ocho de la mañana. Toda clase de personas en apretadas multitudes esperaban la llegada del tren, pero no lograron ni mirarnos porque nuestros carros permanecieron cerrados hasta las dos de la mañana, hora en que nos mandaron bajar. Habían puesto a derecha e izquierda filas de soldados con los rifles dispuestos, como para combatir, y en medio de esa valla y llevando a los hombres amarrados, fuimos conducidos a la Jefatura de Operaciones las mujeres y al cuartel los hombres.

“El viaje por mar fue mucho menos molesto que el viaje por tierra”. El gobernador de la Colonia penal, a cuyas órdenes estaba ya la cuerda nos trató desde el primer momento con consideración y fineza. Los alimentos ya eran buenos, el tratamiento el que se da a personas educadas y los sitios que se nos designaron conforme con nuestro modo de ser…

PERSECUCIÓN RELIGIOSA

¡Primero de abril de 1926! ¡El culto de la iglesia suspendido! ¡Sus templos, capillas y colegios, cerrados! Nacida en Querétaro el 2 de noviembre de 1891, Concepción Acevedo y de la Llata, “La Madre Conchita”, creció sin problemas económicos e inesperadamente decidió convertirse en monja, lo que implicaba la separación de su familia… pero no cambió de opinión.

El 31 de mayo de 1911 fue presentada como postulante en la Comunidad de Capuchinas Sacramentarias. Durante la persecución religiosa ella y otras monjas se ocultaron en varios domicilios de la ciudad de México y conocieron a José de León Toral y al padre Agustín Pro, nacido también en 1891.

El religioso la convenció de ofrecerse como víctimas a la Justicia Divina, por la salvación de la fe en México, por la paz de la iglesia y por la conversión de los perseguidores de la misma.

El 13 de noviembre de 1927 ocurre un atentado dinamitero contra el general Álvaro Obregón, en el bosque de Chapultepec. El padre Pro, sus hermanos Roberto y Humberto, así como el ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Tirado Arias son arrestados como presuntos responsables del complot y el día 23 son fusilados en la Inspección de Policía, excepto Roberto Pro, por ser menor de edad.

Los cuerpos fueron llevados al Hospital Militar, José de León Toral, Anita Pro y la “Madre Conchita” recogieron sangre con pañuelos, Anita fue consolada por José, quien se dedujo, tomó la decisión de vengar a su gran amigo Humberto, y la monja musitó cerca de un oído del religioso: “No se olvide el compromiso”.

José de León Toral acribilló a tiros al general Obregón en el restaurante La Bombilla, el 17 de julio de 1928, y salvajemente atormentado, dijo que “La Madre Conchita” podía comprobar que era católico.

El 18 de julio de 1928, policías llevaron a José de León Toral a donde se ocultaban las religiosas y las arrestaron. La Madre Conchita estuvo de pie varios días, sus piernas se deformaron y finalmente la sometieron a un juicio en la cárcel de Mixcoac, donde el diputado Gonzalo N. Santos – quién fue asesino de un estudiante y cobardemente dijo ser inocente-, le apagó un puro en el cuello y le rompió una pierna a patadas.

La religiosa fue sentenciada a 20 años de prisión y José de León Toral, a la pena de muerte por fusilamiento.

Previamente, el licenciado Ezequiel Padilla, Procurador General de la República, la calificó de “cínica loca, endemoniada, herética, criminal, delincuente, depravada, fanática”(…)

El 9 de febrero de 1929 fue fusilado el dibujante homicida y en el mes de mayo, un celador le dijo a Concepción que había salido en el periódico que la iban a llevar a las Islas Marías y los guardianes de las murallas le mandaron unas limas para cortar barrotes y “la sacaremos por arriba, pues en las Islas Marías le pueden hacer lo que usted no se imagina”(… ) pero ella se opuso rotundamente.

Tras dormir un poco, fue despertada porque la reja de hierro de la Crujía de Ampliación de Mujeres, en Lecumberri, se estremecía por los fuertes golpes que aplicaban en ella, un grupo numeroso de hombres subió por las escaleras y le fue presentado el director del penal de las Islas Marías.

-Le aviso a usted, señorita, que hoy nos vamos a las Islas.
Tiene usted 30 minutos–, dijo.

Los celadores hicieron un atado del colchón, almohada y ropa de cama, poniendo en su interior otros objetos, y al llegar al patio se encontró rodeada de muchísimas señoras y señoritas, dignas mujeres católicas, sinceras, que habían luchado por defender su fe y la libertad de cultos y conciencia.

Al llegar a la calle recibió una impresión desagradable, dos hileras larguísimas de soldados de línea, situados de la puerta en adelante, formaban una valla que a duras penas resistía el empuje de la multitud que luchaba por verlas. Con gritos estentóreos se dieron órdenes a los militares.

LA MADRE CONCHITA

La Madre Conchita contaba que al organizarse la “cuerda” para las Islas Marías, los soldados formaron dos filas en medio de las cuales fueron colocadas todas las mujeres que, cargando sus “chivas” arrastraban sus pies y su dolor, en mayo de 1929…

Siguiendo el paso marcial de la tropa, las mujeres se hundieron en la sombra que cubría los llanos cercanos a la Penitenciaría, a través de los cuales estaba tendida la vía del Ferrocarril de Cintura.

Luego de un buen tiempo de camino, en alguna estación un teniente coronel le advirtió a Conchita: “A usted es la primera que tengo orden de matar, en caso de que los cristeros pretendan liberarlas…mucho cuidado”.

En un lugar denominado Las Juntas de Guadalajara, subieron al convoy más cristeros y cristeras, atados aquellos unos con otros por las muñecas.

Un militar ordenó poco después dejar atrás a las cristeras junto con grupo de soldados, porque había órdenes de pasar Los Altos con pocos presos y pocos soldados, porque se temía que los cristeros asaltaran el tren, “así no serían muchos los que se tuvieran que sacrificar en caso de ataque”.

En un cerro se vieron muchos cristeros armados, a caballo, pero dieron media vuelta y se internaron en los bosques.

Al llegar a Manzanillo, puerto de embarque para las “cuerdas”, bajaron a los cristeros y los condujeron a la cárcel municipal. A las monjas y cristeras las llevaron a una casa grande y vacía. Había 16 religiosas y 184 guerrilleras.

Fue el 13 de mayo de 1929, cuatro días después del arribo a Manzanillo, cuando se oyó la potente sirena de un barco, el “Washington”, contratado para la cruel faena. Una escolta de 33 soldados subió con la “cuerda”. Fueron 25 horas de navegación, el desembarque fue en la isla María Madre, aproximadamente a las 5 de la tarde, del 14 de mayo de 1929. Las guerrilleras estarían poco tiempo, pero La Madre Conchita estaba sentenciada a 20 años de cautiverio.

El 14 de julio de 1929, las 184 prisioneras —menos una— se despidieron de la religiosa porque las habían liberado y se tenían órdenes de llevarlas a México, “se notó en seguida un movimiento inusitado, alegre ir y venir de todos y de todas, ya estaban libres. Todas las muchachas empezaron a llegar en pequeños grupos a despedirse de mí. Lloraban, me abrazaban y procuraban darme ánimos diciéndome que de seguro en el siguiente barco dejaría yo el destierro”, comentó La Madre Conchita en su oportunidad.

Inesperadamente, María Grajales —acusada de llevar municiones a los cristeros— mejor conocida como “La Pichita”, por su corta estatura, rompió su boleta de libertad y dijo: “Yo me quedo con La Madre Conchita, para cuidarla en medio de tantos hombres”.

Nunca más se separaron las amigas, para donde fuese la religiosa iba María Grajales, quien le brindó su amistad desde que viajaban en la “cuerda” hacia las Islas Marías.

El tiempo pasó y el 24 de enero de 1933, en el semanario “La Trinchera”, que se publicaba en La Piedad, Michoacán, dirigido por José Hernández G., apareció en su número 22, la siguiente “noticia”: “Contrajo matrimonio La Madre Conchita, con el general Francisco J. Múgica, exgobernador de Michoacán. Nuestro estimado colega “El Correo de Zamora”, nos da la noticia de que la señorita Concepción Acevedo y de la Llata, comúnmente conocida como “La Madre Conchita” y que tanto ha figurado en el proceso que se sigue contra los cómplices del asesino José de León Toral, quien dio muerte al general Obregón, acaba de contraer matrimonio con el caballeroso michoacano, general Francisco J. Múgica, exgobernador de Michoacán y actualmente director de la Colonia Penal del Pacífico. Nos abstenemos de hacer comentarios por no saberlo de una manera oficial”.

La “noticia” no corrió con la rapidez que actualmente se hubiera registrado, no, llegó primero a la mesa del director del periódico El Nacional—ya desaparecido—ingeniero Luis L. León, quien se la envió inmediatamente al general Múgica. En menos de un mes (según relataba el licenciado Javier Piña y Palacios) la “noticia” salió de Michoacán, llegó a México y fue conocida en las Islas Marías. El general se apresuró a rectificar. Se conocieron dos versiones, dijo Piña y Palacios.

La oficial rezaba: “Isla María Madre, 16 de febrero de 1933. Su número 22 publica nota mi matrimonio con señorita Concepción Acevedo y de la Llata. Tratase de una maniobra reaccionaria atacando mis convicciones y la moral social de que he dado reiteradas pruebas. Ruego hacer rectificación para normar concepto opinión pública. Gracias. General Múgica”.

La versión particular: Amigo y correligionario, ingeniero Manuel Bonilla. “Respecto a lo de la monja y a mi matrimonio con ella. Usted sabe que el elemento clerical del país está muy indignado por la actitud asumida por La Madre Conchita, ante los tribunales de la República, pues obligada por una sistematizada campaña de nuestos y de responsabilidades que los directores del alto clero trataron de arrojarle encima, reaccionó en el sentido de la verdad y de la moral humana y ha puesto el dedo en la llaga clerical, desenmascarando a los verdaderos autores intelectuales del asesinato del general Obregón y, como corolario, se trata de desprestigiar al impío, suponiéndolo capaz de aprovechar la situación de las personas colocadas bajo su férula, para aprovecharlas en beneficio de la colectividad revolucionaria; por fortuna, se ha acreditado tan grandemente en la conciencia nacional, que no tiene necesidad de maniobras sucias para descubrir a sus enemigos”.

Y su amigo, diputado michoacano Ernesto Soto Reyes, le escribió a Múgica que el general Calles estaba bastante complacido de que el director de las Islas Marías hubiese logrado convencer a la religiosa para que hablara sin miedo a los altos prelados católicos, revelando cuanto sabía en torno al asesinato del general Álvaro Obregón, “celebro que el general Calles reconozca el enorme sacrificio que usted ha prestado a la Revolución y en lo particular le ha prestado al mismo Jefe Calles, al destruir con las declaraciones de la señorita De la Llata la burda calumnia de la cleresía de que el asesinato del general Obregón era político e inspirado por el propio general Calles”, indicó el diputado.

(El ingeniero Bojorques en su obra sobre las Islas Marías hizo alusión a regímenes anteriores al del general Múgica y dijo sin titubear que “los demás directores no dejaron otra huella de su paso que algunos cortes de maderas finas y la ejecución de objetos para su uso personal, pero también dejaron huellas en las espaldas de los colonos, pues no encontraron otra forma de corregirlos que el empleo del látigo, y los explotaron brutalmente en trabajos particulares, aplicándoles castigos de los más infamantes”).

Y volviendo al tema de la Madre Conchita, Miguel Gil, del periódico La Prensa, escribió en su libro “La Tumba del Pacífico”, que de las seis de la tarde en que se reunían los presos en los patios de sus barracas, hasta las nueve, “sus cánticos forjaban una tristeza impresionante, pues como cánticos de diferentes estilos, cada uno de los presos entonaba las canciones de su tierra, y unos eran del Norte, otros del Sur, otros más del interior o de las costas, los estilos diferían y hacían una mezcolanza que se prestaba a la meditación, pues cada una de esas canciones traía un recuerdo, una añoranza dolorosa, el eco de lares lejanos, lenguaje y folklore semejante y siempre interesante”.

En ese período de tiempo cuando se experimentaba la sensación del destierro, cuando el corazón se encogía y se pensaba en la libertad y se echaba a volar el pensamiento, que atravesaba el océano Pacífico como una exhalación para ir en busca de los seres a quienes se amaba y recordaba.

“¿Qué dirían aquellos a quienes la justicia separó del seno social, para enterrarlos en la tumba del Pacífico por diez o veinte años?” —preguntaba Miguel Gil. Y la religiosa había sido sentenciada a 20 años de prisión.

El investigador Piña y Palacios relata que en la Colonia Penal había existido un porcentaje de sujetos relegados sin sentencia judicial, ese último grupo estaba constituido por vagos y malvivientes, entre los cuales había toda la entonces gama del mundo del delito, que abarcaba las más diversas modalidades del robo, desde el cometido por el simple raterillo hasta el del “paquero” internacional pasando por los “carteristas”, “cruzadoras”, “guitarreros”, “cristaleros”, “espaderos”, etcétera, según los calificaba un acertado léxico policíaco. Así como a los explotadores del servicio, traficantes de drogas, tratantes de blancas y un grupo de sujetos que merecería consideraciones especiales (los homosexuales) y reos por delitos de disolución social, recluidos debido a las circunstancias internacionales. Esta clase de sujetos —explicaba el doctor Eusebio Dávalos Hurtado, en un estudio antropológico— formaba un grupo totalmente diferente de los criminales sentenciados e inclusive éstos procuraban no tener contacto con los individuos llamados “de gobierno”.

Por su parte, el doctor Siegfried Askinasy comentó tras una visita a las Islas Marías, que los penados —entre los cuales había sentenciados a la pena capital, conmutada por veinte años de deportación— vivían en barracas de ladrillo, de dos pisos, con cuartos de dos por tres metros, cuyas puertas ni siquiera tenían candados. ¡Cuántos jornaleros envidiaban el rancho de los penados de las Islas Marías! ¡Cuántos campesinos -decía- vivían en chozas de adobe, junto a las cuales las barracas citadas podrían pasar por palacios!

En otros tiempos, aseguraba, cuando lslas Marías fueron realmente un infierno, se registraron varias evasiones, fracasadas casi todas de la manera más trágica. Los reclusos, llevados hasta la última desesperación por las terribles condiciones en que vivían y los crueles castigos corporales que se les imponían por la menor falta, preferían arriesgar la vida aventurándose a alta mar en ligeras canoas pescadoras y hasta en balsas; y si algunos pocos lograron fugarse de la entonces verdadera “Isla del Diablo”, los demás fueron capturados y fusilados, o perecieron en el mar.

Todas esas crueldades que tan funesta fama dieron a las Islas Marías; los trabajos de sol a sol en las salinas, que los presos efectuaban dentro del agua saturada de la laguna, cuyos cloruros les producían espantosas llagas; la cuadrilla “Relámpago”, un tormento que consistía en cargar y descargar piedras sin detenerse ni un solo instante, ni tan siquiera para enjugar el sudor y la sangre que manaba abundantemente de las desnudas espaldas heridas por las piedras y los látigos de los capataces; las flagelaciones hasta la pérdida del conocimiento, que se practicaban a diario, colgando al preso de un árbol, todos estos horrores “pertenecieron al siniestro pasado del Penal del Pacífico”.

La Madre Conchita recordó todo esto en sus memorias, pero, en especial, cuando conoció a quien sería su esposo, el llamado dinamitero Carlos Castro Balda. Ella fue nombrada bibliotecaria en Lecumberri (estuvo en varias cárceles) y con el pretexto de leer libros, el extremista le contó de su responsabilidad histórica y por ende penal, de la dirección intelectual y participación personal que había tenido en “la ruidosa protesta hecha en la Cámara de Diputados, con unos petardos que explotaron en uno de los sanitarios de la misma”, por la actitud de aquella legislatura ante la persecución religiosa.

En la primera oportunidad Carlos Castro Balda le propuso matrimonio, que por el momento, rechazó rotundamente la religiosa, aunque el exguerrillero le ofrecía apoyo moral y su nombre, pues los enviarían a las Islas Marías, donde alguien tendría que defenderla seguramente.

“No hay ni la más remota posibilidad de que venga un sacerdote, por la incomunicación ordenada. Así que debemos apelar a los extremos autorizados en este tiempo por la suspensión de cultos y suplir con un acta la formal promesa que se hacía ante el ministro de Dios”.

“No podrá usted volver al convento cuando salga y eso va para largo. Le es indispensable un respeto y alguien que pueda defenderla en todos los terrenos contra cualquier enemigo bajo y vil. No dude más y levantemos un acta que firmaremos con testigos, como es previsto para el caso. La iglesia lo autoriza por la suspensión de cultos y la persecución”, decía Carlos Castro Balda.

La religiosa aceptó, firmaron ambos y dos testigos internos, era la promesa de casarse ante un sacerdote… Ella explicó que se casó porque “Dios manifestó, por las circunstancias que la rodeaban, que tal era su voluntad”. Pero, objetarían algunos: “¿Cómo? Si las monjas no pueden casarse”.

Efectivamente, comentó, “a las monjas no les es lícito casarse. La religiosa, al profesar, promete ser esposa de Jesucristo, sus primeros votos temporales, por cinco años, emitidos al terminar el noviciado, son perpetuos y solemnes; sin embargo, al casarme, lo hice con toda legitimidad”.

EL DECRETO PAPAL

El Papa León XIII ordenó que de los votos solemnes, cesara absolutamente la obligación si, por desgracia, las profesas hubieran de salir del claustro, arrojadas por violencia o ataque de parte de autoridad civil.

“Por el decreto papal estaba dispensada de mis votos –explicó la madre Conchita- durante la incomunicación que sufrí largo tiempo, pude en mi celda, aunque a medias, continuar cierta vida religiosa, pero ella cesó cuando fui enviada al penal del Pacífico, donde tuve que tratar infinidad de personas con quienes forzosamente convivía, expuesta a muchos atropellos que solamente con un respeto moral y legítimo pude superar.

Y en los hospitales, cárceles, Penitenciaría y destierro, así como en los varios y diferentes trayectos, era imposible aislarme y llevar vida conventual. Seis años bien largos por su intensidad habían cambiado mi vida. Y durante ellos, el hampa, término que se oye con indiferencia, fue el medio ambiente que me rodeó y el que, por información directa y personal hecha en confidencia, me hizo saber la más cruda y descarnada realidad. Esto llegó hasta mi imaginación en forma de relatos vívidos e incoherentes, tremendamente repugnantes, capaces de impresionar a la mente más serena”.

Quién, en esas condiciones y ante un futuro cargado de negruras …¿Pensaría en volver a ser monja?

“Eran frecuentes las proposiciones que me hacían en lenguaje que no me era familiar, haciéndome pensar: ¿qué querrá decirme este señor? Ignoraba el insulto y sin saber qué actitud adecuada tomar, sonreía siempre con benevolencia. Vi en muchas caras el asombro manifiesto, al enterarse de mi desconocimiento en la vida. Me di cuenta con extrañeza que me hacían señas, cuyo significado desconocía y cortésmente agradecía con cara amable, enrojeciendo después, cuando llegué a conocer el sentido grosero que envolvían, a la par que lloraba de indignación y amargura”.

El 20 de octubre de 1934 tuvo lugar el matrimonio civil, fue sábado. En la casa del doctor Elizalde se disfrutó de una comida, rociada con limonadas.

Los años pasaron y La Madre Conchita iba en un tren. Y relata que en el asiento inmediato anterior iba un matrimonio y sus dos pequeños hijos. “Pensé que eran parientes del agente de publicaciones, pues éste les hablaba con mucha confianza y siempre que disponía de tiempo se acercaba a ellos para conversar”.

“En una de tantas veces llegó con cara de malicia y aproximándose a ellos con aire misterioso les dijo a los esposos: -¿Saben quién viaja en el gabinete del pulman..? ¡Ni se imaginan! ¡Pues nada menos que la madre Conchita! ¿Y con quien creen ustedes que está?

“Ellos dijeron que francamente no podían suponer. Él les dijo que con el general Palma “y vienen los dos solos en el gabinete”.

“El matrimonio comentó que se sabía que estaba en las Islas Marías y que no se podía creer, porque era una monja. Para evitar más comentarios absurdos y frases ultrajantes, me puse de pie y recargándome en el asiento que ocupaban ellos, me dirigí al agente de publicaciones para decirle que era la madre Conchita.

“El auditor del tren me conocía y llegó providencialmente para decir que efectivamente era la madre Conchita y el señor que está allá es el director de las Islas Marías, por eso viene la escolta en este carro. Entonces, el agente de publicaciones no tuvo más remedio que pedirme perdón”, agregó la madre Conchita.

Durante 13 años, de 1928 a 1940, “permanecí injustamente presa, nueve en las Islas Marías y el resto en diversas cárceles. Llegué a creer firmemente que jamás quedaría libre. Pero, gracias a Dios, todo tiene su fin”.

La ejecutoria de la Suprema Corte de Justicia, reconociendo que se había violado la ley, “al negarme el indulto a que legalmente tenía derecho, violación cometida por el entonces secretario de Gobernación, licenciado Ignacio García Téllez, que dijo hacerlo en nombre del general Lázaro Cárdenas, Presidente de la República, fue dictada por ese alto tribunal con apoyo en las constancias que se aportaron como prueba”, explicó la madre Conchita.

La sesión de la Primera Sala fue celebrada el 26 de noviembre de 1940, o sea en las postrimerías del gobierno del general Cárdenas, por lo que, “de haber procedido rectamente la secretaría de Gobernación, hubiera yo podido salir en ese mismo mes de noviembre, pero no fue así”.

Fue necesario que los días corrieran y tomara posesión del gobierno de la República el Presidente Manuel Ávila Camacho, quien, “se puede decir, inauguró su mandato con el acto oficial de ponerme en libertad. Siendo su secretario de Gobernación el licenciado Miguel Alemán, ordenó se hiciera el oficio con carácter de urgente para que recuperara mi libertad, debiendo haber salido de la Penitenciaría el 7 de diciembre, mas no fue así. Por misteriosas maniobras, esa orden no fue entregada sino hasta el 9, teniendo por lo mismo que pasar en encierro el día 8, día de mi onomástico. Tal vez alguien gozó con darme aquella última prórroga, y a quien perdono y pido a Dios perdone por acrecentar mi amargura y sufrimiento”, comentó la religiosa.

El 9 de diciembre, como en alas de un vendaval, “entraron en mi celda una reclusa y una celadora, casi gritando las dos: –¡No se espante! ¡Ya están por usted!”

Dando traspiés de emoción, “salí de mi celda. Vi con estupor que llegaba hacia mí el licenciado Farah, secretario de la Penitenciaría, acompañado de dos de mis hermanas. Luego venía Carlos, mi esposo, con un gran ramo de flores que abrazaba gozoso. En el patio me esperaban mis compañeras de reclusión, que me rodearon en seguida, gritando: –¡Ahora sí se le hizo, madre Conchita! ¡Ya se va, qué bueno!”.

Entonces sucedió algo “que me conmovió al extremo: uno de los pequeñitos, de varios que estaban al lado de sus madres, se abrazó a mis rodillas llorando y entre sollozos me dijo: –¡Adiós, mamá Conchita! Y luego besó mi vestido”.

–Sentí enloquecer, poseída de dulce emoción. No pude hablar, pero sí ver. Y vi que todos, hombres y mujeres, presos, empleados y periodistas no estaban menos conmovidos que yo. Los varones se volvían para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.

La madre Conchita dedicó sus últimos recuerdos a la Virgen de Guadalupe, perdonando a los que tanto daño hicieron a la religiosa, a los que la calumniaron y para los buenos, dijo que con su “indiferencia e incomprensión acrecentaron mis méritos”.

Los esposos Castro se perdieron un tanto para el mundo y fueron localizados por el licenciado Jacobo Zabludovsky en un domicilio de la calle Álvaro Obregón (¿Coincidencia?), donde residían con María Grajales, “La Pichita”. La llamada “mártir de México” murió el 30 de agosto de 1970, a los 88 años de edad y por disposición escrita y Papal, fue sepultada con hábito y crucifijo. En otra increíble coincidencia, Carlos Castro Balda murió el 17 de julio de 1986, aniversario del asesinato de Obregón y a los encargados de la funeraria se les cayó el cuerpo del ex dinamitero, provocaron el levantamiento de un acta ante el Ministerio Público. Y María Grajales, “La Pichita”, fue amparada por familiares en Guadalajara, donde entregó su alma al Creador, satisfecha de haber cuidado a los esposos Castro el tiempo que su destino le permitió.

UN PARAÍSO TROPICAL

Las Islas Marías fueron un paraíso tropical, con miles de peces de colores, enormes tiburones, grandes boas y enorme variedad de aves, entre las cuales, de manera sorprendente, destacó simbólicamente “El Hombre-Pájaro”, conocido delincuente que intentó acercarse a Dios, arrepentido ya de la maldad con que se comportó casi toda su vida.

La Isla María Madre reunía las mejores condiciones de habitabilidad, la cantidad de flora silvestre estaba desigualmente distribuida, las zonas más ricas en ella eran la norte y la occidental, en la última sobre todo había árboles que sobrepasaban los 50 metros de altura, encontrándose tal cantidad de lianas, bejucos y enredaderas que se llegaba a tener la impresión de estar en una selva virgen.

“El Hombre-Pájaro” decía estar seguro de que las Islas Marías tomaron ese nombre por ser tres, (San Juanico es un islote), y para recordar a las tres piadosas mujeres que acompañaron a Jesús hasta el Gólgota.

Y presuntamente para “acercarse lo más posible a Dios”, el homicida José Valentín Vázquez Manríquez, ex luchador famoso bajo el sobrenombre de “Pancho Valentino”, construyó en la cima de un árbol, una casa de madera que a lo lejos parecía una jaula pajarera.

El cautivo usaba varios nombres, tratando de ocultar sus antecedentes penales: “José Izquierdo Domínguez”, José Vázquez Manrique, “José Manrique Vázquez” y “Sergio Montes de Oca”.

Agradezco a mis grandes amigos, conocidos reporteros policiales, David García Salinas, (Cronista de las Prisiones de México), y Eduardo Téllez Vargas, “El Güero Téllez” (en paz descanse), el haberme regalado en su oportunidad muchos datos para conformar casi una biografía del ex luchador “Pancho Valentino”.

Mucho tiempo fueron islas desiertas, imponentes de soledad –expresó en 1934 el doctor Ramón Puente— y ahora, una de ellas la mayor, “es morada de criminales”.

Comentó que desde que se le designó para ese uso adquirieron las Islas Marías una significación terrorífica, aquella paz solemne que las cobijaba se tornó en un ambiente sombrío. Divisarlas y experimentar una sensación angustiosa, era inevitable.

Indicó que las cárceles son la invención más diabólica de los hombres, algo donde su refinamiento de crueldad ha llegado a los más repugnantes excesos. La inteligencia humana “no ha podido, en muchos siglos, encontrar otra manera de defenderse del crimen. No habiendo logrado entenderlo a fondo para ponerle un dique, inventó la mazmorra, el calabozo, el presidio y en su más fatuo orgullo, su obra maestra: la Penitenciaría”.

Irritada la inteligencia humana porque los resultados han sido cada día menos eficaces, “urdió las colonias penales o las prisiones en las islas desiertas, para poner el mar de por medio entre el delincuente y la sociedad. Empeño estéril, porque las prisiones de todo género sólo han servido para perpetuar e hipertrofiar el crimen. El delincuente de los países que se llaman civilizados, es cada día más feroz, aunque el carcelero sea más estricto y la disciplina más rigurosa”.

Concluyó el estudioso que cuando la Revolución Francesa destruyó La Bastilla, haciendo significar con esto que las mayores injusticias se cometían en las cárceles, “nadie entendió el símbolo, porque al poco tiempo los códigos penales crearon otros sitios de más formidable tortura, algo como el delirio rabioso de la impotencia: uniformar al criminal, para recordarle siempre su condición y humillarlo en el propio taller del presidio y hasta en la celda de su aislamiento, y por último, las condenas perpetuas con la extravagancia ridícula de acumularle decenas de años como si la vida media ordinaria no fuera bastante”.

David García Salinas y Eduardo Téllez Vargas contaron la historia del “Hombre-Pájaro”. En el año 1942, José fue a Estados Unidos como bracero y participó en ejercicios militares, ganándose o aprovechando la nacionalidad norteamericana, aunque no combatió como ametralladorista que era, en la Segunda Guerra Mundial.

Más tarde y gracias a una beca que obtuvo, aprendió a bailar danzón y tango, de manera tan magistral que ganó varios concursos en el conocido “Salón México” de la capital del país.

Las jovencitas lo consideraban bien parecido y tuvo hijos con varias de ellas, a quienes deslumbraba con historias falsas y algunas verdaderas. Fue torero como cinco años y se ganó el apodo de, “El Siete de Espadas”, porque en una ocasión un novillo no murió a pesar de siete heridas con estoque, asestadas por el “matador”.

En los años cincuenta había cierta tendencia de muchos jóvenes apuestos a “poner a trabajar” a sus amigas íntimas, el torero formó parte de esa legión delictiva y extrañamente, ninguna damita aceptó “colaborar” para que él viviera sin trabajar.

Poco a poco fue acumulando rencor contra sus “novias”, mientras iniciaba una carrera exitosa en el cuadrilátero. En su libro “Reportero de policía”—Océano— Eduardo Téllez Vargas “El Güero”, indicó que durante la década de los cincuenta, el deporte-espectáculo de la Lucha Libre alcanzó gran popularidad en la ciudad de México debido a las primeras transmisiones de televisión, de tal suerte que la mayoría de los habitantes del Distrito Federal los viernes y los sábados en la noche, solían quedarse en sus casas a fin de presenciar las hazañas en los cuadriláteros instalados en la Arena Coliseo y en Televicentro de personajes denominados “Tonina Jackson”, Wolf Ruvinskis, “Blue Demon”, “Black Shadow”, “Santo, El enmascarado de plata”,

“El Verdugo”, “El Cavernario Galindo”, “El Médico Asesino”, “El Bulldog”, “Tarzan López”, “Gori guerrero”, “Enrique Llanes” y otros, entre ellos “Pancho Valentino”, quien se presentaba en el ring ataviado con una casaquilla de torero y cuyas luchas casi siempre se resolvían a su favor, apenas ese personaje conectaba a su oponente con el “tope volador”.

El deportista conoció y conquistó a la políglota Andrea Van Lissum Desmedt, quien dominaba seis idiomas y tras vivir juntos una temporada, le sugirió que atrajera varones adinerados para asaltarlos sin peligro.

La señora se consideraba francesa, aunque nacida en Bélgica, y tras percatarse que su compañero quería ser un simple vividor, le exigió el divorcio.

A mediados de 1952, el luchador la invitó a un restaurante cercano a la Alameda Central, ciudad de México, y tras varios momentos de discusión, el deportista echó mano a una navaja de muelle que llevaba oculta y con rápido movimiento aplicó una llave de lucha a la joven Andrea, quien posiblemente para lastimar el ego de “Pancho Valentino”, le había confesado segundos antes que “quería rehacer su vida con honesto militar del Ejército Mexicano”.

La señora sufrió lesiones en el rostro y posteriormente supo que el luchador había lastimado a otras mujeres, quienes no se atrevieron a denunciarlo como ella lo hizo.

Conocidos del deportista reconocieron que “era un maniático sexual, erótico, sádico, que sonreía al maltratar damas, tenía varias novias o amantes simultáneamente y le agradaba que pelearan por él”.

“Pancho Valentino” intentó muchas veces obligar a su esposa, (se casaron el 9 de abril de 1952, se separaron en julio del mismo año) a conectarse con la llamada “Emperatriz de las Drogas”, también conocida como “Lola, La Chata”, en la Colonia Candelaria de los Patos.

En razón de su alta peligrosidad social, el doctor Gilberto Bolaños Cacho, (pariente del licenciado Gustavo Díaz Ordaz, quien llegaría a ser Presidente de México), jefe de los servicios médicos de la Comisión de Box y Lucha del Distrito Federal, le retiró la licencia de luchador profesional.

Así de galán a vividor, de ametralladorista en el Ejército de Estados Unidos a golpeador de mujeres, vio interrumpida su carrera deportiva espectacular y decidió apartarse de la senda del deporte, recorriendo otro camino que consideraba más remunerativo: el del crimen.

Obviamente, en los años cincuenta, la violencia en la ciudad de México no era ni remotamente parecida a la actual.

Se sabe que en este sexenio han sido asesinados como 25 sacerdotes, aparentemente pocos saben el por qué, pero sí cómo, cuándo, dónde, quiénes fallecieron y las fechas…

Antes no eran tan evidentes los casos de abuso sexual sacerdotal, pues las autoridades religiosas parecían tener buen control sobre el comportamiento de sus representantes.

De manera que el brutal asesinato contra un sacerdote, a principios de 1957, conmovió profundamente a la sociedad mexicana, porque la víctima pertenecía a esa clase de religiosos “de los que ya no hay”, como dice la gente: bondadosos, generosos, honestos a carta cabal, respetados y queridos por su feligresía.

Es la historia de un crimen cometido en el Distrito Federal y su desarrollo en relación con las Islas Marías, relato que no todos conocen en torno al homicida, que enviado al penal del Pacífico, construyó una casa de madera en lo alto de un árbol, para evitar que los demás cautivos lo mataran en represalia por su mortal agresión contra el clérigo teatino Juan Fullana Taberner.

Cabe mencionar que pronto se olvidó el drama porque, ocurrido en enero, fue opacado por el interés general que despertó la trágica muerte de Pedro Infante, el 15 de abril y un sismo que derribó el Ángel de la Independencia, el 28 de julio del mismo año, con saldo fatal de 67 muertos y 500 heridos.

David García Salinas, cronista de las prisiones de México, autor de varios libros, narraba que en época de Navidad 1956, en las parroquias y principales capellanías los niños asistían al Santo Rosario, cantaban la letanía y el final eran obsequiados con dulces y frutas. La costumbre iba desapareciendo, paulatinamente, de las iglesias ubicadas en colonias “burguesas” y se estableció como cosa común en las colonias proletarias.

En edificios, vecindades y casas particulares, nunca faltaban las piñatas que tomaban caprichosas imágenes, como patos, caballos, conejos, ojos bailadores, calaveras, tigres o payasos, según la fecunda imaginación de sus confeccionadores, que las vendían en 15 o 20 pesos. Faltaban dos días para la Navidad.

Ante la ola de robos, asaltos y crímenes tan frecuentes, 2,000 policías de a pie y en patrullas fueron destacados para vigilar la gran ciudad de casi cinco millones de habitantes. El número de delitos aumentaba en esta época del año, en que los trabajadores del gobierno y particulares recibían su aguinaldo.

La policía realizaba continuas redadas en billares, pulquerías, cantinas y centros de vicio, deteniendo a vagos y malvivientes, y decomisando navajas y pistolas a sus portadores. Las Cruces Roja y Verde reportaban a diario decenas de personas entre muertos y lesionados intencional o accidentalmente. En aquella temporada navideña las estadísticas eran de 15 muertos y más de 60 heridos, contaba David García Salinas.

El sacerdote teatino Juan Fullana Taberner explicaba a los fieles, en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, la importancia de la cercana festividad. Dos hombres desconocidos entonces vigilaban ya al religioso.

Más tarde los dos desconocidos se reunieron en un sórdido cuarto del mesón “El Paraíso”, situado en Fray Bartolomé de las Casas 21, barrio de Tepito.

Eran el exboxeador Rubén Castañeda Ramos y José Valentín Vázquez Manrique, “Pancho Valentino”, originario de Pachuca, Hidalgo y con 38 años encima, contra los 43 de Castañeda.

Ambos se habían conocido en la vieja Penitenciaría, de la que fueron huéspedes en múltiples ocasiones —me dijo David García Salinas, con datos tomados de uno de sus libros— desde 1939… ”Se trata de robar en la iglesia que vigilamos, no le haremos daño al cura, sólo le quitaremos dos millones de pesos que oculta en una cómoda. No hay peligro, saldremos de pobres, te lo aseguro”, dijo Valentino a Castañeda.

UNA HISTORIA SIN FIN

Ricardo Barbosa Ramírez, sobrino de otro sacerdote de la misma iglesia, el padre José Moll, había ideado el plan. El exboxeador no aceptó, por tratarse de un religioso, pero presentó como “hombre de confianza” a Pedro Linares Hernández, alias “El Chundo”, aficionado a las drogas, de oficio carterista y con varios ingresos a la cárcel, incluidas dos permanencias en las Islas Marías.

El mesón “El Paraíso” tenía más de 30 viviendas, sus moradores estaban acostumbrados a vivir entre basura, sin servicios sanitarios tolerables, con goteras en techos de cartón y lámina, en tiempo de lluvias y con servicio de agua dos o tres días por semana. Lo que más les preocupaba, además de comer, era la constante presencia de la policía, que a todos los tenía fichados.

Se intentó dar el golpe el 24 de diciembre, pero nadie abrió la puerta de la iglesia, la idea era pedir al sacerdote que llevara la comunión a un moribundo, otro cómplice llamado Jorge Avelar, “El Trompelio” se encargaría de llevar al religioso muy lejos, para dar tiempo a los demás a apoderarse del dinero, sin violencia.

Los planes prosiguieron. Algunos delincuentes fueron invitados a participar en el asalto y no quisieron, “por respeto a la iglesia y a los sacerdotes”.

Pedro Vallejo Becerra, “El México”, aceptó la complicidad. Era exempleado del Nacional Monte de Piedad y había sido recluido varias veces en prisión por robo, lesiones, vagancia y mal vivencia, pero estaba considerado “de confianza”.

El miércoles 9 de enero de 1957, Barbosa, Valentino, “El México” y “El Chundo”, ultimaron detalles en el mesón. Al llegar a la iglesia, sabían que terminado el Rosario y recibir los fieles la bendición con el Santísimo Sacramento, el sacerdote iría al jardín para echar llave al candado de la puerta.

Los maleantes envenenaron al perro guardián. Y cuando el animalito perecía sin poder dar la alarma, se escucharon pisadas y los malhechores se agazaparon y esperaron al padre José Moll, quien sabía dónde estaba el dinero.

Cuando el religioso que se acercaba llegó hasta los delincuentes, Valentino le propinó duro golpe en la nuca y se arrojó a las piernas para derribarlo, las manos del atacado se aferraron a la reja del portal; Valentino tiró otro golpe y el hombre no cayó. Para terminar con la situación, el ex luchador le dio varios cachazos en la cabeza hasta que al fin el cuerpo del sacerdote se desplomó.

Pero los ladrones se equivocaron de persona. Era el sacerdote teatino Juan Fullana Taberner. Temerosos de que el que creían el padre Moll, “El Chundo” y “El México” lo golpearon despiadadamente con un bate y un tubo. Se escucharon dos disparos, Valentino empuñaba el arma. Para rematar a la inocente víctima, la estrangularon con un alambre y la amarraron de pies y manos, flexionados hacia atrás.

“El Chundo” creyó que el asaltado tenía vida y le introdujo un pañuelo en la boca y con otro lo amordazó. Al parecer, ningún vecino se alarmó por los disparos.

El cuerpo fue arrastrado al interior de la iglesia y los hampones se dieron al saqueo.

En la recámara del padre Moll había una gigantesca cómoda de madera, donde según Barbosa su tío “guardaba no menos de dos millones de pesos”. Sí había poco dinero, rebuscaron bajo el colchón, inspeccionaron paredes, cuadros, techo, tras las imágenes, registraron por todos lados y por ninguna parte aparecieron los famosos dos millones de pesos. En la sacristía forzaron cerraduras del mueble destinado para las vestimentas sacras y objetos de uso en el altar y se apoderaron de la custodia, patenas, llave del sagrario, una caja dorada para hostias, sotanas, casullas y otros objetos sagrados.

“El Chundo” se puso una sotana para engañar a posibles curiosos. Así salieron a la calle sin ser molestados. En un hotel de la avenida San Antonio Abad se hizo la repartición del botín. Proyectaban vender los cálices que robaron, patenas de oro y demás objetos que consideraron valiosos al apoderarse de los mismos. Una prueba con ácido confirmó que solo había insignificante capa de oro.

El 10 de enero de 1957, fueron avisados del crimen los investigadores del Servicio Secreto, coronel Manuel Mendoza Domínguez, jefes de grupo Rafael Rocha Cordero y José Luis Haro Rodríguez, comandante Miguel Durán Mejía y los agentes Ernesto de la Vega Prieto y Carlos Revilla. Los ladrones habían dejado diversas huellas digitales. Uno de los vecinos del rumbo dijo que días antes vio rondar un auto Buick, modelo 1950, azul claro, placas 56464, que checado en la Dirección de Tránsito resultó ser propiedad del torero Ricardo Barbosa, sobrino del padre José Moll, de origen portugués.

Una vez llevado el cuerpo de Juan Fullana Taberner al Hospital Juárez para la autopsia legal, se presentó el cura José Moll, para reclamar los restos.

El padre Moll había estado de vacaciones en Toluca, Estado de México, lo que posiblemente le salvó la vida.

Apenas dieron a conocer la infausta noticia los periódicos, la radio y la televisión, se apoderó la indignación del pueblo en general, católico en más del 90 por ciento. Los enardecidos católicos exigían la pena de muerte para los responsables del crimen.

La pena de muerte había sido abolida en el Distrito Federal en 1929, siendo Presidente Emilio Portes Gil. El escándalo presionó a las autoridades para acelerar la captura de los ladrones sacrílegos.

El Servicio Secreto movilizó a sus mejores agentes y lograron la captura de los criminales, “Pancho Valentino” cayó en poder de la policía en el Estado de Querétaro, cuando estaba hambriento, atemorizado, deprimido y desesperado.

RENOMBRADOS ASESINOS

Los cuatro principales asesinos fueron sentenciados a 30 años de cautiverio. Enviado a las Islas Marías, Valentino “vivía como pájaro, a la manera de Tarzan construyó una rústica cabaña en la copa de un árbol y cada año que pasaba en el penal del Pacífico, añadía un gran trozo de madera”, para llevar la cuenta.

Vivía solo y desconfiado, temeroso y arrepentido. Dentro de su cabaña, instalada cerca de albergues construidos por el gobierno, tenía un retrato del sacerdote teatino Juan Fullana Taberner, y le rezaba todas las noches. Cuando llegaba para dormir, subía la escala que conducía su choza y de esa manera se aseguraba que no subiera alguien y le hiciera daño por sorpresa.

“El Padre Trampitas”, mal hablado como carretonero antiguo, contaba que Valentino lo había amenazado de muerte porque todos los sacerdotes son farsantes. Pero que, un día le dijo: “No vengo a matarlo, estoy aquí porque usted es influyente con Dios y quiero que me recomiende con El. Estoy arrepentido”.

“Pancho Valentino” fue encargado de la biblioteca del penal del Pacífico, ahí tenía unas pesas construidas con ruedas de metal, hacía ejercicio para mantenerse en forma, pesaba 85 kilogramos y se veía fuerte y entero. En las paredes de su cuarto pegó el rostro de un Cristo. Poseía una bicicleta que, además de los pedales, funcionaba con una palanca, accionada con manos y brazos para “hacer fibra”, Eduardo Téllez decía que “Valentino murió por enfermedad, a 30 días de conseguir su liberación, fue sepultado en el cementerio de las Islas Marías, pero no recuerdo la fecha”.

Si los mexicanos mentirosos son risueños, basta con hacerles cosquillas para que se suelten contando más embustes, pero si carecen de imaginación “hasta el extremo de tener que presentar pruebas en apoyo de una falsedad”, como decía Oscar Wilde, más valdría que dijeran la verdad sin tardanza.

Así me lo comentó hace tiempo el doctor Ramón Fernández Pérez, —en paz descanse— exdirector del Servicio Médico Forense de la ciudad de México, donde una y otra vez se descubrieron asesinatos que algunos criminales querían hacer pasar como “suicidios” y viceversa en el caso de autoridades interesadas.

Esa ocasión hablamos de José Muñoz Ortiz, alias “El Sapo”, un presidiario que según el doctor Fernández “logró sorprender a los medios de comunicación de una manera casi increíble, al asegurarles que había matado a más de 130 personas con cuchillo y diversas armas de fuego incluida una ametralladora”.

(“El Sapo” fue asesinado en las Islas Marías con machete y hachas, durante una emboscada que le tendieron en las salinas algunos enemigos que realmente lo aborrecían por mentiroso, pues nunca molestó a sus compañeros de cautiverio en el penal del Pacífico).

El locutor Carlos Pickering frecuentemente comentaba con sarcasmo el que José Ortiz Muñoz, cínicamente, ofreciera hasta conferencias de prensa tras presentarse con un “mucho gusto, señores, aquí está su humilde asesino”…

¿Podía ser reservado, modesto, tímido, dócil un individuo que al darse cuenta que engañó a miles de incautos, se transformó en altivo, presumido, jactancioso, vanidoso, arrogante, engreído y soberbio?..

Claro que no. Y menos cuando muchos medios de comunicación resaltaban sistemáticamente todo aquello que se sabía fabuloso, ilusorio, fingido, imaginario, ficticio, de plano inventado pero creíble.

Siempre ha sido fácil desenmascarar embusteros. Es lo más sencillo del mundo, aseguraba mi amigo, médico forense Ramón Fernández Pérez: “recuerda lo que decía Schopenahuer: Si tenéis motivos para sospechar que una persona os está diciendo una mentira, aparentad que creéis todas sus palabras y esto le dará ánimo para continuar y se entusiasmará de tal manera, que con sus afirmaciones acabará por traicionarse”.

“El Sapo” juraba en sus conferencias de prensa (“Imagínate, Villarreal, a un delincuente dando cátedra de embustes ante reporteros que jamás investigaban si eran ciertas las decenas de anécdotas”), que por “instrucciones superiores había matado en Lecumberri a varios enemigos del régimen”.

El exdirector del Servicio Médico Forense en el entonces Distrito Federal, explicaba de forma sencilla una prueba de las mentiras del imaginativo prisionero: “Cada difunto que apareciera en Lecumberri tenía que ser enviado, primero al anfiteatro de la Primera Delegación, fuese la hora y fecha que fuese. Se daba aviso urgente a los familiares de la presunta víctima, para que identificaran el cuerpo y, con el acta respectiva, pasaban los restos para la autopsia de ley, al Semefo, donde funcionaba una oficina del Registro Civil, que expedía la documentación necesaria para el sepelio”.

Ningún enemigo del régimen llegó al Semefo cuando el mentiroso sujeto estuvo sujeto a proceso, “quien debía una vida sólo una, al llegar al Palacio Negro de Lecumberri, que ni era palacio y tampoco negro”.

Resulta que el hampón mató por la espalda a un individuo, “me parece que en la calle Comonfort, cerca de la prisión militar que funcionaba en Tlatelolco.

Estuvo preso ahí unos días y se le consignó a la Penitenciaría; ahí tuvo un problema con un peligroso cubano y logró abatirlo con arma blanca. Son los únicos crímenes comprobados al embustero delincuente”, añadió Fernández Pérez.

–Mucha gente cree que efectivamente dio muerte a más de 130 personas—dijimos al doctor Fernández.

–Desafortunadamente para la sociedad mexicana, mientras más fabuloso y aparentemente creíble sea algo, más se incrusta en el imaginario popular. Acuérdate del ilusorio “Chupacabras”, “Chucho El Roto”, etcétera —afirmó el médico forense—.

Y concluyó: “Cordel Hull decía que una mentira le puede dar la vuelta al mundo, antes que la verdad haya acabado siquiera de vestirse”…

Cabe mencionar que como anticipo fúnebre de su destino, “El Sapo” fue internado varias veces por mala conducta, en Lecumberri en separos de castigo denominados “Marías”, en remembranza del penal del Pacífico.

El maleante presumía de ser el autor de la matanza de sinarquistas en 1946, León Guanajuato, donde supuestamente acribilló a 131 inocentes, con disparos de ametralladora. El mismo año mató a un transeúnte en las calles de Comonfort y, por pertenecer a un batallón acuartelado en la Escuela de Tiro, cercana a Lecumberri, fue enviado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco.

Ahí declaró que “desde hacía mucho tiempo, despojaba a civiles en los alrededores, para comprar mariguana en vecindades de la Colonia de la Bolsa, después Colonia Morelos”.

Se indicaba que a los 9 años de edad, dio muerte a un condiscípulo, clavándole un compás en el tórax, en una escuela de Durango y que pasó cuatro años en la Penitenciaría local, “donde los peores criminales lo adiestraron para pelear y delinquir”.

Si no mintió, (su nombre jamás apareció en la lista de los militares consignados por la masacre de sinarquistas), entonces fue enviado a Guanajuato para proteger el palacio municipal, donde protestarían cientos de personas que no estaban de acuerdo con la “imposición” de Ignacio Quiroz, pues estaban convencidas de que el ganador en elecciones fue el comerciante Carlos A. Obregón.

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