EL DECRETO PAPAL

*Bastaban unos años para que las Islas Marías cambiaran la vida de sus “huéspedes”, como el caso de la Madre Conchita

Redacción/La Opinión de México/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche

(Tercera de siete partes)

Ciudad de México.- El Papa León XIII ordenó que de los votos solemnes, cesara absolutamente la obligación si, por desgracia, las profesas hubieran de salir del claustro, arrojadas por violencia o ataque de parte de autoridad civil.

“Por el decreto papal estaba dispensada de mis votos –explicó la madre Conchita- durante la incomunicación que sufrí largo tiempo, pude en mi celda, aunque a medias, continuar cierta vida religiosa, pero ella cesó cuando fui enviada al penal del Pacífico, donde tuve que tratar infinidad de personas con quienes forzosamente convivía, expuesta a muchos atropellos que solamente con un respeto moral y legítimo pude superar.

Y en los hospitales, cárceles, Penitenciaría y destierro, así como en los varios y diferentes trayectos, era imposible aislarme y llevar vida conventual. Seis años bien largos por su intensidad habían cambiado mi vida. Y durante ellos, el hampa, término que se oye con indiferencia, fue el medio ambiente que me rodeó y el que, por información directa y personal hecha en confidencia, me hizo saber la más cruda y descarnada realidad. Esto llegó hasta mi imaginación en forma de relatos vívidos e incoherentes, tremendamente repugnantes, capaces de impresionar a la mente más serena”.

Quién, en esas condiciones y ante un futuro cargado de negruras …¿Pensaría en volver a ser monja?

“Eran frecuentes las proposiciones que me hacían en lenguaje que no me era familiar, haciéndome pensar: ¿qué querrá decirme este señor? Ignoraba el insulto y sin saber qué actitud adecuada tomar, sonreía siempre con benevolencia. Vi en muchas caras el asombro manifiesto, al enterarse de mi desconocimiento en la vida. Me di cuenta con extrañeza que me hacían señas, cuyo significado desconocía y cortésmente agradecía con cara amable, enrojeciendo después, cuando llegué a conocer el sentido grosero que envolvían, a la par que lloraba de indignación y amargura”.

El 20 de octubre de 1934 tuvo lugar el matrimonio civil, fue sábado. En la casa del doctor Elizalde se disfrutó de una comida, rociada con limonadas.

Los años pasaron y La Madre Conchita iba en un tren. Y relata que en el asiento inmediato anterior iba un matrimonio y sus dos pequeños hijos. “Pensé que eran parientes del agente de publicaciones, pues éste les hablaba con mucha confianza y siempre que disponía de tiempo se acercaba a ellos para conversar”.

“En una de tantas veces llegó con cara de malicia y aproximándose a ellos con aire misterioso les dijo a los esposos: -¿Saben quién viaja en el gabinete del pulman..? ¡Ni se imaginan! ¡Pues nada menos que la madre Conchita! ¿Y con quien creen ustedes que está?

“Ellos dijeron que francamente no podían suponer. Él les dijo que con el general Palma “y vienen los dos solos en el gabinete”.

“El matrimonio comentó que se sabía que estaba en las Islas Marías y que no se podía creer, porque era una monja. Para evitar más comentarios absurdos y frases ultrajantes, me puse de pie y recargándome en el asiento que ocupaban ellos, me dirigí al agente de publicaciones para decirle que era la madre Conchita.

“El auditor del tren me conocía y llegó providencialmente para decir que efectivamente era la madre Conchita y el señor que está allá es el director de las Islas Marías, por eso viene la escolta en este carro. Entonces, el agente de publicaciones no tuvo más remedio que pedirme perdón”, agregó la madre Conchita.

Durante 13 años, de 1928 a 1940, “permanecí injustamente presa, nueve en las Islas Marías y el resto en diversas cárceles. Llegué a creer firmemente que jamás quedaría libre. Pero, gracias a Dios, todo tiene su fin”.

La ejecutoria de la Suprema Corte de Justicia, reconociendo que se había violado la ley, “al negarme el indulto a que legalmente tenía derecho, violación cometida por el entonces secretario de Gobernación, licenciado Ignacio García Téllez, que dijo hacerlo en nombre del general Lázaro Cárdenas, Presidente de la República, fue dictada por ese alto tribunal con apoyo en las constancias que se aportaron como prueba”, explicó la madre Conchita.

La sesión de la Primera Sala fue celebrada el 26 de noviembre de 1940, o sea en las postrimerías del gobierno del general Cárdenas, por lo que, “de haber procedido rectamente la secretaría de Gobernación, hubiera yo podido salir en ese mismo mes de noviembre, pero no fue así”.

Fue necesario que los días corrieran y tomara posesión del gobierno de la República el Presidente Manuel Ávila Camacho, quien, “se puede decir, inauguró su mandato con el acto oficial de ponerme en libertad. Siendo su secretario de Gobernación el licenciado Miguel Alemán, ordenó se hiciera el oficio con carácter de urgente para que recuperara mi libertad, debiendo haber salido de la Penitenciaría el 7 de diciembre, mas no fue así. Por misteriosas maniobras, esa orden no fue entregada sino hasta el 9, teniendo por lo mismo que pasar en encierro el día 8, día de mi onomástico. Tal vez alguien gozó con darme aquella última prórroga, y a quien perdono y pido a Dios perdone por acrecentar mi amargura y sufrimiento”, comentó la religiosa.

El 9 de diciembre, como en alas de un vendaval, “entraron en mi celda una reclusa y una celadora, casi gritando las dos: –¡No se espante! ¡Ya están por usted!”

Dando traspiés de emoción, “salí de mi celda. Vi con estupor que llegaba hacia mí el licenciado Farah, secretario de la Penitenciaría, acompañado de dos de mis hermanas. Luego venía Carlos, mi esposo, con un gran ramo de flores que abrazaba gozoso. En el patio me esperaban mis compañeras de reclusión, que me rodearon en seguida, gritando: –¡Ahora sí se le hizo, madre Conchita! ¡Ya se va, qué bueno!”.

Entonces sucedió algo “que me conmovió al extremo: uno de los pequeñitos, de varios que estaban al lado de sus madres, se abrazó a mis rodillas llorando y entre sollozos me dijo: –¡Adiós, mamá Conchita! Y luego besó mi vestido”.

–Sentí enloquecer, poseída de dulce emoción. No pude hablar, pero sí ver. Y vi que todos, hombres y mujeres, presos, empleados y periodistas no estaban menos conmovidos que yo. Los varones se volvían para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.

La madre Conchita dedicó sus últimos recuerdos a la Virgen de Guadalupe, perdonando a los que tanto daño hicieron a la religiosa, a los que la calumniaron y para los buenos, dijo que con su “indiferencia e incomprensión acrecentaron mis méritos”.

Los esposos Castro se perdieron un tanto para el mundo y fueron localizados por el licenciado Jacobo Zabludovsky en un domicilio de la calle Álvaro Obregón (¿Coincidencia?), donde residían con María Grajales, “La Pichita”. La llamada “mártir de México” murió el 30 de agosto de 1970, a los 88 años de edad y por disposición escrita y Papal, fue sepultada con hábito y crucifijo. En otra increíble coincidencia, Carlos Castro Balda murió el 17 de julio de 1986, aniversario del asesinato de Obregón y a los encargados de la funeraria se les cayó el cuerpo del ex dinamitero, provocaron el levantamiento de un acta ante el Ministerio Público. Y María Grajales, “La Pichita”, fue amparada por familiares en Guadalajara, donde entregó su alma al Creador, satisfecha de haber cuidado a los esposos Castro el tiempo que su destino le permitió.

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